Parietales de mármol

Tiempo.
Dale Tiempo a que se de cuenta de su error.
Tiempo para que ella sostenga las promesas que hizo cuando tejía cosas.
Tiempo para organizar y reorganizar la vida y el tiempo y el espacio.
Y más allá del Tiempo estoy acá, sentando, esperándote a que llegues a la misma orilla mía.
Y dentro de las teclas y los bits y la pantalla fría reflejando el ahogo, la falta de aire, se muere el Tiempo por no poder entrañar a nadie.
Tiempo.
Y he leído tanto las notas que se han vuelto rojas, verdes y dolientes las palabras que arrojo en los intervalos.
Con una mano quemada estiro los dedos, esperando la caída de la lluvia que devuelva la humedad al suelo; por cada mineral al interior del cuerpo hay una palabra, un gesto y una temperatura y color que le cristalizó.
He botado línea desde línea tras de línea viendo al mundo como objetivo, no como placenta, no como cercanía.
Tiempo.
Como si fuera una vieja narrativa siento que se desenrolla dentro de mí una fracción y otra de celuloide impreso, a pesar del clima, a pesar de la reducción de mentes. Ninguna boca es visible sino la que ha enunciado dos o tres vibraciones, ningún recado es más bello que el que imaginamos nos dicta la persona con la que compartimos ese breve metro cuadrado de risa, ese tirón de infancia que, por un momento, nos hace libre en este mundo de depredadores.
Luz, amor, desespero y guerra… gritos de batalla y drama cuando no es necesario, cuando lo que se pide es el amor incesante para poder avanzar y regresar. Sentir que no dirige la memoria Scorsese, pero casi. Y coquetear con tu idea al borde del filo de una botella y muchas sustancias.
Tiempo.
La vez que una madre te trajo una torta y la humillaste al frente de todo el mundo.
Empujar a un adolescente con su pie enyesado por creerte el rey del universo.
La egolatría de detalles, la economía de humildad, la obcecación por las palabras.
Un mundo que abandonaste cuando no te diste cuenta que eras demasiado débil para controlarlo.
El horrible peso de la soledad instaurada que atravesó el minutero y los segundos.
Tiempo.
Deformarse hasta imitarte.
Comprender con error que dentro de tu piel tienes la piel de una serpiente atravesada.
El convertirse con asco en una boa a pesar de sí mismo, devorando y ahogando todo.
La eterna confrontación con el paso del sol sobre la tierra. Y la devastación de no poder besar de nuevo al león, ¡pero recordarlo con la nitidez del espejo!
Con inmenso asco comprender que el paso del tiempo puede segar, de un solo golpe, la racionalidad y la objetividad de una persona dentro del grano fílmico por el grano fílmico hacia la universalidad de su relato expuesto con el alma que ha pixelizado -y que es obvio esto último para todo el mundo, excepto para él- como único presupuesto amoroso hacia un mundo que no le es real.

La dilatación de la muerte, la vida y la libertad a través del Tiempo.
La ralentización del amor desde una botella de alcohol, la explosión mediocre de la pasión por una captura perdida de tiempo.
Tiempo intentando perdonar a los que no valen la pena… tiempo usado sabiamente destruyendo una falsa moral.
Tiempo de sincerarse con uno mismo y comprender que esa persona no tiene el mismo interés en tí que tú en ella.
¿Tiempo en el cual habito? Fácil. El tiempo en el cual las personas reconocen qué ocurre cuando  le dan la espalda a los dioses que todos llevan eregidos entre pecho y espalda.
Tiempo perdido. Tiempo ganado. Tiempo de reconocerse menos frágil y más divino.
La inmensa falta de objetividad de las madres colombianas que quieren tener a sus hijos al pie de la cama, como hacían en su tiempo de crianza matrimonial.
La detestable locura de los hijos, que hacen caso a esa enseñanza.
Es de locos en este momento pensar que tiempo es lo que nos sobra o nos cobija.

No hay tiempo más desagradable que el que vivo, el que habito, el que paladeo posterior a darle honra al que merece fosa común y yerro.
Tiempo de aferrarse cada día con uñas y dientes a lo que se hace y buscar no desfallecer.
Tiempo elaborando, con filigrana, 18 años para abrir la llave y que emerga el demonio sumergido por tu actuar constante de demolición.
Tiempo en el cual las personas quieren inútilmente que haya una revolución, pero no se quieren ensuciar sus manitas creativas y ejecutivas cambiando ellos mismos, cueste lo que cueste, por encima de quien sea… porque esa debilidad fue nuestra única herencia.
Tiempo de beber alcohol, de irse de putas, de hundirse en la drogadicción, porque este sistema, ¡por fin!, vamos comprendiendo que se alimenta de guerras… y acá viene la Tercera. ¿Tiempo de no imitarte, de no leer más periódicos y ser libre mientras algo de sangre y los 5 años me queden cerca?
Tiempo de preguntarse algunos días si puedo sanar los tajos en el corazón para sonreír a profundidad, o si esto será marca de agua permanente mientras viva… si la gente viera todo el tiempo tu no-sonrisa, labios finos apretados y rictus de cátedra olvidada, ¿tanto alabaría?
Tiempo en el cual lloré solo
de pie mientras un cuarteto de sonidos
entre los linos y las personas -que me trataban como cucaracha por no tener dinero mas no lo decían-
eran calentadas y parecidas a humanos mientras este contrato inerme
de aparentar cuidar y no hacerlo, de ser jardinero fiel como Ralph Fiennes… pero de materas de plástico,
se desenvolvía como una sábana de petróleos
y gritaba mi alma con todo volumen, “¡que alguien me sostenga las flores,
y las memorias con olor a madera y lana,
y las promesas de irme un día de la casa,
y el futuro que entonces se vía promisorio, estable y bello,
que estoy condenado a un valle de ciegos!
¡Maldita sangre sefardita, con tu eterno ansío de retorno,
abandóname y quémate también en esta pira, para poder ver algún día
Málaga y Coruña y Lisboa
y no volver a salir de ellos!”

Y todo ese tiempo ahí de pie, me dí cuenta de mi enorme soledad en este mundo.
Tiempo hacía en el que había pedido compañía a las personas y ya he renunciado a la seguidilla de ello.
Tiempo para encerrarse a elaborar que no pude evitar reproducir el ciclo, pero no por mi voluntad, sino por programación, y reafirmar mi compromiso a destruirlo en lo que me sea posible.
Pues el tiempo de la creación de esa disociación enorme,
raja enorme de tu dictadura,
ha empezado a fluir en reverso.
Y para tí, y para mí, y para nadie será nunca más, un secreto la tortura elíptica y crítica.

Solo, pues, abrí y cerré los cajones y quemé las fotos y me pregunté qué era eso de escribir sin apuntarle un dedo al universo sin reconocerse tan inmensamente pequeño. Ello ahora despliega en fractal de papel y carne mal cocida algunas zonas de mi tiempo.

Tiempo que habito ahora que es un préstamo para la muerte, tiempo con resurrecciones calladas con pocos gramos de serotonina,
mientras se vacía la casa,
mientras se pierde la alacena y al amor al cigarrillo,
mientras algunos buscan un símbolo de paz con otra bandera puesta menos la piel mestiza,
mientras me acerco, antorcha en mano, a prenderle fuego a toda la herencia de mi familia
para evitar ser yo el carcomido.

Vencí. Llegué al final de tú tiempo.

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