Una lluvia de centellas sobre Hierópolis

Te pienso sinceramente, antepasada, pero me rehúso a que niegues mi potencia: ya vi el rostro de la que carga con su poder el eje del templo.

No estamos solos en nuestro infierno personal, no nos hace falta agua. Es tierra, tierra firme y casas de fuego lo que ahora el mundo necesita para ser, una vez más, eterno.

Exclusividad y pedernal de amatista, la transformación se depura por las manos largas del cielo, los escribas nos están narrando el final del partido y el inicio de otros cuyas geometrías podemos abarcar.

No quiero tener una identidad propia que vaya en contravía de lo que me indica lo más profundo de mis riñones, mis labios, tus cuerdas.
Comprendí que toda roca que tengamos ahora debe ser sometida al fuego. Armo de valor mi mano y creo caldera, para poder cerrar la puerta.

Ví la muerte de mis antepasados y la pérdida de mis camaradas.

Ví, reflejados en tres ángulos y tres momentos pitagóricos, el rostro del ángel enorme: sereno, amoroso, completo.

Soñé con las manos del creador sosteniéndome.

Hoy es un día de raíces en el corazón y más allá del velo. Pónganse lo que tengan de color cerúleo y rojo. Ella se encargará del resto.

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Un mapamundi hecho con arena

Una de las cosas más duras que hay es reconocer a los cuatro enemigos: un switch apagado, unas luces de estadio, un bastón de mando y un reloj.

Cada caballero debe concretar, conocerlos en su tamaño adecuado.
Cada aspirante a guerrero debe vencerlos… aunque haya uno de estos objetos que no pueda detenerse en su hélice de movimiento: cambiar, tal vez, la plataforma sobre la que reposa, pero no se puede detener su potencia como tal.

Cuando se planea salir de casa -hablo de cualquiera sea la que más tiempo hemos llamado casa o la más significativa- se lleva uno consigo las memorias. Con esas páginas, con esos álbumes de quiénes somos, proyectamos lo que fuimos. Y dice mucho de nuestros tiempos actuales que temamos hablar del futuro, y dice mucho de nuestro tiempo que en lugar de hablar del futuro nos la pasemos prediciéndolo; pero perdemos la vocería y la autoría propia cuando estamos cargando por el mundo miles de recuerdos y los confeccionamos como puentes de lianas. Pero no lo son. Son recuerdos. ¿Serán tal vez piñones? No, solo son fragmentos. Y la memoria se deforma porque no recordamos de punto A a punto B, recordamos con el sentimiento aliñado de descripciones de competencias y batallas. Puede que nuestro cerebro sea donde están los cajones, pero la mano que definitivamente les pone contenido tiene cuatro ventrículos.
Y…
Si el corazón se nos mueve como el bombo de Candelario, me pregunto si realmente algunas personas podrán volver a ser planta, potencia. Si tenemos la articulación de nuestro territorio emocional para llegar allá. Sobre todo si el entorno nos verá a la cara y nos dirá: “tienes la oportunidad cada día de tu vida garantizada… ahora ve y sé flecha limpia, sé caña alta y dulce, sé arado y canal de agua, las alas que te arrancaste o arrancaron ya no serán las que habrás de desplegar viajándome”.

Queremos un mundo mejor, pero si el mundo nos indica que nuestros crímenes no tienen solución, ¿realmente podremos salir a la luz a aportar? ¿Realmente es estimulante el que solo haya castigo y no solución? Me estoy imaginando la tortura doble y triple de aquellos que, una vez les ha tocado el Sol, han logrado sobrevivir el incendiarse en llamas… y se preguntan eso cada día mientras sirven su comida.

Hay una palabra clave para comprender todo esto. Se llama “destino”. ¿Qué es el destino? ¿Cómo se conforma? ¿Cómo existe?

Lo que quiero decir con esto es que si el destino está escrito sobre piedra pero el hombre es una estatua de mármol que no puede ver el arco que lo dispara, está por dimensionarse su contenido.
Es la mayor búsqueda que hoy por hoy, creo que realmente vale la pena.