Coral, no coral, corifeo, no corifeo…

No sé.
Hay días, supongo.
Biorritmos.
Nadas.

Estoy cansado de despedirme de personas. Alegre por ver un brote de esperanza sobre una nueva versión de sí mismo deslizarse por las avenidas y plazas. Confundido por la ansiedad de ser algo y no tener raíces para nutrirse. Temor por el color del fuego que me brota dentro de la mandíbula y me llama canalla, por querer ser virtuoso y no digno a mis sentimientos, por haberme callado esto antes y tener un olor a vidrio caliente pegado a todo el rostro… al cuerpo entero. Frustrado, definitivamente, porque las manos que quiero que estén presentes no están y las que quieren hacer simbiosis huelen a desesperanza. Estoy frío porque siento un poco de pantano y una luz muy suavecita colarse; apenas la suficiente para decir ‘sí, las hojas son verdes y ella por ahora no perdonará’.

¿Qué se yo? En serio, ¿qué sé yo, a dónde giro con esto? A veces me siento estirado como un caucho por dentro, se me encalambran las encías cuando los veo reunidos con sus amigos, sus familias, sus amores. Lo intento pero esa semilla de amoníaco me rezuman las palabras, los versos, me siento Lana del Rey fusionada con la moto pero sin Clarice Lispector.
Cuando me quedo bebiendo el vaso solo y me pregunto por qué demonios tengo escrito esto sobre la piel sin pedirlo, me imagino una mano firme tatuándome la piel perfecta que jamás tuve y esculpiendo las caderas con las que no nací por cuestión de género. O por qué le dí más vueltas de apriete a la empuñadura de Saturno también me pregunto; es buena la pregunta, la respuesta pide ser canción y no la dejo.
Estoy sintiendo el alma con una fuerza tan curtida y tan rara que no sé cómo zafarme la horrible sensación de estar vivo. Normalmente, llanamente, plebeyamente vivo.
Es como caminar la Avenida Las Heras sin rumbo fijo y por el color de piel no encajar en ese hermoso cielo.
O recibir la sonrisa hipócrita de gerente: esa venia de “artista” se la podría meter por el recto sin falta.
Porque me declaro competente en redenciones, pero del resto soy cuchillo romo, un pedernal tocado por lanza de Castilla o un mug donde Schroedinger sirve su té.
De amor y juego en el que se comparte, tengo demasiados aplazamientos, demasiados “mañana estamos juntos”, o mucha belleza ajena de turismos emocionales, o simplemente, el alcohol que no tomé y debía hacerlo.

No sé como alinearme para declararme en estado de entierro perpetuo. ¿Me plantarán ese roble, en la mitad del pecho…?

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