Una lluvia de centellas sobre Hierópolis

Te pienso sinceramente, antepasada, pero me rehúso a que niegues mi potencia: ya vi el rostro de la que carga con su poder el eje del templo.

No estamos solos en nuestro infierno personal, no nos hace falta agua. Es tierra, tierra firme y casas de fuego lo que ahora el mundo necesita para ser, una vez más, eterno.

Exclusividad y pedernal de amatista, la transformación se depura por las manos largas del cielo, los escribas nos están narrando el final del partido y el inicio de otros cuyas geometrías podemos abarcar.

No quiero tener una identidad propia que vaya en contravía de lo que me indica lo más profundo de mis riñones, mis labios, tus cuerdas.
Comprendí que toda roca que tengamos ahora debe ser sometida al fuego. Armo de valor mi mano y creo caldera, para poder cerrar la puerta.

Ví la muerte de mis antepasados y la pérdida de mis camaradas.

Ví, reflejados en tres ángulos y tres momentos pitagóricos, el rostro del ángel enorme: sereno, amoroso, completo.

Soñé con las manos del creador sosteniéndome.

Hoy es un día de raíces en el corazón y más allá del velo. Pónganse lo que tengan de color cerúleo y rojo. Ella se encargará del resto.

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