La cabalgata y la espera

Planea sobre el mundo la mentira de que todo es frío y antiséptico.

Mas nutrámonos.
Relajemos un rato. Leamos de largo. Recuperemos el aliento.

Y tantas personas sintiendo sobre sí mismas el asco de poder hacer historia.
Soñé con las gemas. Sí…
Caí al río y ví al Señor del Hielo con su voz de ultratumba y sin olor a Bajofondo Tango Club: era abandono disfrazado detrás de lo necesario. Soñé, te digo, con el fuego. Con los hijos de doscientos civiles pegados al pecho intentando orar y levantar en almas lo acontecido.
Ya dimos el giro: la flor roja se ha metido a los corazones y tenemos un desenlace en valor neto. Pero aún no hay fuerza para jalar el mantel y que no se rompan los vasos al detalle.

En mi alacena mental hay algo parecido a la fragmentación pero también hay silencio y acompañamientos de Solé Gimenez y Presuntos Implicados y no, queridos, se conserva la sangre demasiado caliente para decir que no existe el sexo, les comió la cabeza la publicidad veinteañera. El postear continúa, pero si tú acumulas o vacías ya es tu historia lo que en el fuego se quema. Es algo como el sembrar un par de plantas en una pared y decir que es un jardín vertical, es como comerse lo sembrado en un barrio lleno de smog y llamarlo revolución ecosuperneobionatural.
Pero, ¿y la plegaria? ¿Y el silencio? ¿Y la raíz muda?
Oasis. Piel aguda. Miles de papeles sobre un escritorio. ¡Esa manía de ser oficinistas de nosotros mismos!
Se dibuja sobre la piel y se comparte así el ritual de eones para combatir la lejanía amando con el pulso propio al otro.
Ucrania y Borgoña, Sao Paulo y Detroit, las maracas y las manijas, todo alienta con su ritmo a empujar a un nuevo cielo en el cual soltamos la violencia.
Los cascos resuenan alrededor del planeta: no necesitamos buscar inicios, sino no soltar el ancla de metal de las bridas que, como zombies, ya construimos, ya trajimos y llevamos del orfebre, y ya enjoyan a nuestros caballos.

Si el amor depende de un pendrive o de una descripción tecnológica en nuestra visión no me cabe duda que entonces uno decide si recupera el placer de su analogía o se sienta a llorar lo que se abrió sobre las cabezas en el ahora.
¿Memoria?
Molienda.
Mensajes.
Misivas.
Estas son líneas de cartas y yo sé que algunos no saben cómo leerlas.

¿Qué nos queda después de tanto afán, de tanta espera? La singularidad y el afecto, las dos causas perdidas aparentes en las letras de sociólogos y vendehumo ahora emergen. Silentes. Bellas.
Parecen un reflejo en la piel negra o cobriza de las terriblemente dulces mujeres de latinoamérica.
Y a pesar de lo equidistante… y de la espera… y de la potencia…
Yo engendré un hijo contra mi voluntad y abrí las puertas de un futuro en el cual las posibilidades de que sea mutación inocua por parte de las beatas es demasiado cierto; yo sembré un árbol con las cenizas de mis antepasados y el cielo le dió un giro a esa frase de espera y vitalidad tan trillada. ¿Me creo por ello único, soy el único padre de situaciones dramáticas ahora en mis semejantes? No.
Acá y en Europa somos la carne de cañón porque muchos así lo quisimos.
Amor en doscientos devaluados pesos.

Tal vez comprendamos mejor a nuestros ídolos si no decimos “imperfecciones” sino fracturas en sus ojos y comprendemos que los estamos moldeando con las manos, porque sin el vacío no pueden ser jarra e ídolo que no sea jarra no tiene espacio para llenarse de palabras bellas, como afecto, o respeto, o perdón, o constancia. Prudente, esa es limpia.
O tal vez oquedades, o tal vez complejos minuteros multidimensionales.
Estoy viviendo un tiempo en el cual las caricaturas hablan muchísimas más verdades que cualquier columnista y en las cuales, gracias al ácido y a la radioactividad imperante del Sol, todos cargamos con el deseo del retorno de un Kal-El, de un Bruce Wayne, de un algo que nos muestre cómo elevarnos en almas y reconectarnos con lo curtido del mundo, lo no perdido que sustenta. Porque rojo. Porque azul. Porque canciones de Sabina y Skrillex de repetirse sobre la historia tantas veces como sea posible han dejado la sensación desgastada al cambio, y por ello toca aprender a afilar saetas y que las palabras sean beneficio de duda y sabor a obra al mismo tiempo.
Algunos se preguntarán para qué sirve la distinción, o la palabra, o el acierto.
Pero son las palabras y su construcción constante la que me enseñan, te enseñan, nos enseñan a destilar los afectos, los orgasmos, las ciudades infladas de gente artificialmente, lo perdido y abierto. Son las que aplicadas al mandala y rostizadas dan el mapa nuevo de las frutas que al morderlas, te reverdecen hasta el infinito.

Veo a mis amantes y nuevos afectos con una galaxia en la garganta.
En ella, el tiempo del hombre y el hambre de lo nuevo se conjugarán de una forma vasta e inimitable; percibo que la Naturaleza, cansada de esperar (o un poco irritada para ser más preciso) con amor de madre a que maduremos, nos está hablando desde la sala y tenemos en nuestras manitos la sensación de su mano cálida: queridos y queridas, el tiempo de revolcarse como chanchos en el pasado ha terminado. Terminen sus chocolatadas y sus pasteles de frambuesa, es hora de volver a la escuela.
Vamos a empezar una espiral. Será una nueva figura, pero es inevitable decirlo, va a ser algo grandioso, algo como de películas. ¡Como una canción en figura de toroidal!
Hecha de bicarbonato, limón, arándanos con canela y jengibre: eso es lo que quiero decirte. Esa es la yesca.
Debemos proteger el fuego.

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