Microrelatos de una valija

Cuando se despertó, vio la estantería rota y llena de plumas rojas de pájaros. Su memoria, difusa, le dijo que había abierto dos veces seguidas en la mañana la ventana, pero no cómo ni hacia dónde.
Se sentó a contar las plumas mientras la alarma de una patrulla de policía lo siguió desde la calle.
Venían hacia su cuarto.

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Las manos empinadas, la espalda encogida, las caderas contraídas, las piernas temblorosas. Los dientes desgastados, los sacrificios irrelevantes, los arcángeles con bigotes hipsters.
Un vaso planeando lento sobre el aire a punto de reflejar en un solo beso el anaquel, el lápiz dentro del mug y el texto de los Diálogos de Platón de una editorial perdida a inicio de milenio.
Todo muy madera.

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Su trabajo de memoria pertenecía más a un neurosiquiátrico que a un sanatorio. Lentamente y sin afecto alguno por esconder, levantó de cada esquina de la institución los fragmentos de lo que habían sido sueños, fracasos y tendencias.
Los metió al bolsillo de la maleta. No cupieron.
Pero le dejaron de regalo vetas y vetas de hierro borboteando hacia el suelo. En ese mismo instante no solo lo superficial de su cuerpo estalló: tomó con fuerza la maleta e hizo centrípeta y proyectada la existencia de los malditos trozos.

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El estallido del vaso de whisky contra el mueble rectangular de madera y el suelo alfombrado le pone piel de loop: el fin del limbo, algo dormido que desangra, un sueño dentro de un sueño de una aspiración, el niño interno que clama por venganza, los adultos que vienen a él para hacerlo responsable a pesar de sí mismo.
Beats. Niñas interrumpidas en el fondo de sus ojos verdes. Varones estilizados sobre el estupro.

Dos vasos más de cerveza artesanal. Viene.

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Nadie va a creerle.

Nadie tiene por qué creerlo. O convencerse de que ello es real. Imposible, solo imposible.
Increíble. ¿Neurótico? Irreal. ¡Autoincriminatorio! Oh, totalmente y debería estar detrás de una cárcel frente a los ojos de la ley de los hombres.

Es como si la vida le insistiera en ponerle barrotes, más allá de los que había traído de sus historias de piratas, a esta encarnación restrictiva de cal dolomita.
Desaparezcan.
Cada vez que hablan con él hombres y mujeres ya no hablan con sólo un humano. Están hablando con algo más parecido a una radio.

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Él está enamorado de una flecha, y aunque se ha quitado muchísimo peso, teme no poder llegar al nivel en el cual todo tenga un feliz término con su muñeca de tendones de plomo. Le tiemblan los dedos de pajero ciego buscando el propio arco.
Ve a la computadora que ha reemplazado los miles de libros sobre la estantería; ve la pantalla de 8 centímetros que ha reemplazado la cercanía en un instante de insipidez que no ha cesado. Los observa con el silencio sepulcral del que mira después de una rehabilitación la silla de ruedas.
Se pregunta cuándo será la próxima razzia de la vida.
Pregunta: ¿si será la última?

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Va a enfrentarse a la inutilidad del gesto. Este será, probablemente, su último grito de juventud, de alegría, de felicidad. Insertará dentro de su cuerpo su mano y separará las células de su estómago. A continuación, tomará al pequeño niño obsesionado con satisfacer los deseos del futuro y lo tomará del cuello, ahogándolo y matándolo.

Extraerá su cadáver de su cuerpo y lo echará en la pira funeraria.
Con eso podrá sanar la memoria de haber bajado entre la plebe para volverse hombre y quedar enredado por el pantano del tiempo y la pobreza en su aliento de falacia. Con eso… con eso sellará el amor del pintor, que viaja a otros países y bebe de otros cuerpos de agua -con tacones o en grifos-, y vuelve a casa aullando. Puro nervio en el gimnasio. Pero en su caso, de cromáticas donde se mezclan lo extraño, el drama, y el afecto.
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¿Si les contara que dejó de ser la fantasía de un animal roto y se convirtió, efectivamente, en uno, no le llenarían de marcas de electrodos el alma?

Si les dijera que es todo espectáculo -aunque para él sea piel de grifo y esmeralda engastada en turquesa lo que vive a diario-, se repite en la ducha empañada que lo refleja, tal vez lo amarían y lo dejarían ser. En paz.

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Cuando estiró los dedos y salió de la pared empotrada, descubrió que su mundo de piscinas solamente era de espejo nacional barato, sostenido por unas viles eles metálicas de cinco cms en un baño de niños de una era donde lo análogo mandaba.
Está viejo: todavía cree que el amor se escribe con poder y comida, en análogo.

Tiene que liberar ya mismo su esencia del octágono de estos huesos.

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