Los últimos riffs

-¿Y cómo te lo imaginas?
-¿A él?
-Sí, a él.
-Me lo imagino lavando un poco más que los platos… después de cazar.

Un sonido de cristales chocando y un balanceo de rojos en cuello alto enmarcaban la escena.
Calles pequeñas, cafés cualquieras, personas que daban de comer a comensales de piel cobriza; estas sirviendo, con ojos verdes y pañoleta clara, con las manos de haber tocado París y Nueva York, o Barcelona y Lisboa, y con la misma entereza dándole acá a sus locales una excusa para abrir la lengua y destajar el corazón.
Nadie comprende qué es abrazar el amor a menos de que sea a distancia y cómo lo sólido y lo líquido que ingerimos alivia la locura de esas medidas de lejanía. Esta es una de las verdades más crueles pero más constatadas por la raza humana.

Siguieron hablando las figuras.
Una cambió el balance en el asiento. Tomó la copa y con las manos cuadradas, delicadas y con manchitas de leopardo joven, manos que evocan a las formas de hueso y ropa que no están, hizo girar el rojo hasta que arrojó un tono limpio. Naturalmente, se detuvo al lograrlo y siguió con el tema.

-Sinceramente, no sé. Tal vez, menos espera uno a medida…
-…a medida que crece–
-No, a medida que uno se va a deshojando. ¿Sabes? Esa energía vital que se nos acumula y se va disipando…

Silencio limpio en el que oyes una rueda de bicicleta. ¿En serio disipando, las fuerzas las sentimos así? No. Se parece a algo más. Algo más como a una corriente emanada.
Ambos clientes se veían, desde afuera por los meseros, concentrados furiosamente en desenredarlo, en una carrera callada pero al galope.
Y toda carrera termina en voz.

-Extendiendo- ofreció el otro rojo en la mesa-.
-Sí, extendiendo.
-Demasiadas memorias para estar fresca una persona y demasiadas para sostener afectos.
-Muchos.
-Sí. Sí, sí, sí y además, además… eeeeh, además que uno quiere poder tocar las curvas de los labios sin sentir que uno se ha vuelto un taxonomista.
-¿O mecánico? Como si fuera llamar a un electricista para arreglar un plug de una estufa, sabiendo que te cobra de más y sabiendo que después se lo tienes que decir a tu cónyuge con voz cansada.

Las manos enfundadas en un pullover verde menta, grueso, cuello alto y botones en madera… las manos que acarician el arabesco de remate de la mesa reciclada, son las otras manos que tocan rojos. Las que preguntan por lo que se imagina. Y estas son las que al escuchar la palabra cónyuge se crispan y sostienen la copa con equilibrio tenso entre los dedos. Las rematan a estas manos un par de anillos engastados de oro y piedra calcárea, tienen los dedos largos y suaves de los que han dedicado su vida a pasar páginas y a teclear rítmicamente pianos y computadoras por igual.

-Ahora es más complejo -dice la mano del pullover-. Ahora es más complejo porque los más jóvenes tienen este sueño del punk, sabes, apocalíptico… nosotros vivimos el punk, nosotros hicimos la ruleta rusa con la adrenalina–
-¡Y la penicilina!
Ambas manos arrancan a reírse. Para humores densos, nada como dos vasos altos de rojo en una noche fría.
Pullover retoma:
-Bueno, pues eso. Es como… ¿a qué demente, a qué idiota se le pasaría por la cabeza que Mad Max es modelo de vida, a qué demente se le pasaría que una distopía es lo mejor que tenemos?
-¡Je! Pero mira-
-Ay, pero mira… qué digno, qué docto…-dice pullover son sorna.
-¡No moleste! Jajajaja…. Mira, es más como esto: te libera del enorme placer de comprometerte. De sentir raíces. De confiar en algo más que el ego propio y el zumo de estrellas que te haya tocado al nacimiento.

El otro rojo ya terminó y la copa se deposita firme sobre la mesa.
Las manchas de color leopardo se quedan quietas, se siente la proyección de exhalaciones como un rayo láser hacia el locutor.
-Es más fácil no atender las señales que parar el flujo del tiempo propio. Mira.

Acto seguido, levantó la copa y con toda la fuerza de su espalda la arrojó con fuerza a la calle. Entre un poste de cemento y una casa abandonada con algún mural indigenista, esa copa iba a ser arena -no quedaría ni para vidrios los pedacitos- del tremendo impacto.
Al mismo tiempo las manos se lanzaron hacia el bulto que llevaba a la altura de las costillas se reveló y el ánima fría y recta de un arma se volvió una realidad concisa.

Una mano tocó rojo, la otro balanceó el rojo.
Ambas lo fusionaron a sí mismas y decidieron reestructurar la noche bebiendo.
Ambos querían darse el lujo de aferrarse a las memorias de conquistas, como viejos leones entre baterías curtidas.

Pero cañones, luz verde y dos sonidos limpios y huecos.

Pero la copa arrojada. Jamás. Tocó. El Suelo.

 

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