Yggdrasil y el diamante

Pero cómo se lo vendo al mundo, pequeño. ¿Acaso no sabes que por esto que damos, nadie nos va a pagar? Amar es sencillo, es cálido, es inocente, confía en sí mismo y no quiere tu grandilocuencia.
Sonríes tranquilo y en desbandada. Almacenas sonrisas y vacías el lugar. Nadie va a pagarte por ello.

¿Tienes el valor para mantenerte vivo? Filo, liviano, potente, vital. Mira que las hojas han seguido cayendo, venosas y lujuriosas, mira que lo biológico decae, se encumbra, sostiene, una nueva forma exige tu hogar.

Sentirás la trepidante lucha de tiempo consolidado a punta de propaganda y un pensamiento rojo y azul diseminado por todas partes: uno nuevo y limpio, caballete sin estrenar. Nadie va a pagarte por ello.

Será ancho el espacio, será ancho el momento, ¿con quién lo compartirás?

Y las bellas mujeres serán simplemente sexos comprimidos sin brillo que no sea pálido ni ausencia que, como el ciclo del cielo, no habite una estrella rústica, sin pulir, devaneo rojo incesante que dobla una esquina y golpea el azar.
Los cantantes, todos vestidos de negro y café, te dirán que no eres optimista ni liviano y te desecharán cuando puedan y quieran: te consumirán como el Starbucks que dicen odiar. Las revistas no lo publicarán, el mundo digital enseñoreado por personas demasiado desvitalizadas para caminar su vida por gusto propio o correr por jugar no lo reseñarán. No es memoria y autoafirmación en un crucigrama que se manchó de jugo vegetal, luego, no te sorprendas. Nadie va a pagarte por ello.

Un día de estos caminarás sobre el filo de la navaja y cortarás, beso a beso, los interlapsos del tiempo y cerrarás la puerta sin querer y sin parar a los otros ciervos.
Si buscas un intercambio de mercancías, este es. Nulo en esencia, sí, pero es intercambio.
No habrán abrazos. Las casas que abandonaste de la gente que amaste seguirán ahí, con sus paredes blancas
y sus tradiciones incesantes.
Nadie va a pagarte por ello.

Pero tengo los bolsillos llenos de estrellas por confirmar.

 

 

 

 

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Más que sumar los fragmentos

Acá estoy, redactándolo todo,
con el único pecado
de haber lajado las piedras
y no haber concebido
que la forma de saldar cuentas no las escribe uno
con mano liviana o abierta.
Fue impúdico el castigo, pero ya maté los ciervos,
y tal vez nunca pueda abrazar de forma confiada de nuevo
y tal jamás
pueda sonreír con el corazón sin peso muerto.

Pero este es mi tiempo
mi gravitación
mi historia
y ya te he exorcizado. Empieza a leer, para que aprendas lo que es tener recuerdos
y propias memorias.

Tuve que encontrarme una bandada de chupaflores
y enterrar el afecto de personas sinceras
así como someter al desgaste del agua y piedras
la imaginación
para dejarla secando a la vereda de una imaginada Italia
mientras intentas tejer hilos vacíos de araña.

Me hierve la sangre porque estuviste a un centímetro de gangrenarme el alma.
De llenarla de ceguera,
de adoración por perlas
o de vacíos entre tecla y tecla
mientras me golpeaba la pared como una abeja contra un cristal
y terminaba volviendo a tí.

No hay otra forma de asumirlo.

Sé que lo disimulas, pero estás al acecho de cómo encajo
las piezas. Y pocas cosas he conocido
tan pueriles
y patéticas
como tu pensamiento de incubadora.
Por eso mismo es que voy a decir que tal vez estas letras me queden pequeñas
para todo lo que quiero lanzarle como dardos al vacío
porque estoy necesitando una lluvia de centellas
un golpe al guante del catcher
y un electroshock involuntario de taser
para reiniciar lo que intentaste cavarme como si fuera mineral
y no bosque.

Porque no soy tan blanco,
y no soy tan alto,
y no soy tan rico, tan amable, tan grato…
porque mi altar está lleno de material radioactivo
y no sé si lo estoy limpiando.

Me tomo la licencia de decirlo detalladamente: estoy estrellándote contra el suelo.

Es la última vez.

Disolventes

Militancias.
Militantes.
Miradas alucinadas o alucinantes.

Leer sobre el conflicto bélico que hay últimamente me ha dejado un sabor en la boca muy claro: algo se está escurriendo entre los dedos de los que escriben. Obviamente cada uno tiene que defender su manojo de excusas para poder sostenerse económicamente, cada una debe defender su derecho a ser mercancía o droga de alguien más. Pero…
¿y si fuera un problema más sencillo de diagnosticar?

No creo que sea necesario dar una cátedra sobre lo bien o lo mal que estamos como raza humana. O promulgar por los derechos de x o y, o la libertad de los desaparecidos.
Para mí  lo principal que está pasando es la caída de la máscara de muchas situaciones. Gobiernos, empresarios, artistas, mecenas, fundadores, trabajadores, todas las personas están convidadas a este banquete del absurdo, a esta cena de licántropos envenenados en la cual se ha convertido la vida diaria.
Así es que se está desplegando este inicio de siglo. Y los que vivimos en él estamos viendo un espectáculo que es grotesco. Es como ver un enorme show de strippers, con su apariencia de glamour y valentía, con su olor a cuerpo usado y energía triste, con su sabor a plástico y a mezcla de soledades. Y de fondo, conocemos una sonrisa sarcástica y fría, preferiblemente caucásica, preferiblemente anciana, sonriendo y batiendo los billetes.

Tal vez soy demasiado cándido en defender algunas cosas. Si el día a día me ha llevado hasta acá no ha sido gratis: también persigo un sueño, como todos, en el cual se pueda pasar al otro lado. Mas tengo que convivir con cosas como el poder por el poder, y la inmisericordia de todas las limosnas que se inventan como beneficios sociales para las personas de apellido genérico -hoy más que nunca, con una economía basada directamente en el nepotismo a nivel global, no existe UNA persona que pueda negar que hay apellidos de verdad y apellidos que no justifican la existencia propia-.
Mi candidez la baso en querer que no solo seamos todos iguales, sino que, por una vez, reconozcamos lo que no somos: libres. No somos libres. Una vez más, porque se siente bien decirlo: no somos libres.
De nada. Y para nada.
No mientras nos aferramos a esa ilusión de niños pequeños de que perseguir un sueño de producción es lo mismo que construir una vida de magia, de asombro, de sencillez.

La máscara en estos días se cae y estalla en mil pedazos. En este baile se han protegido miles de personas, se han justificado miles de acciones. Como por ejemplo, el judaísmo y el antisemitismo, dos monedas de la misma cara, porque ambas son una sola cosa: la necesidad de justificar la existencia del poderío militar de EE.UU. e Israel como los gendarmes del planeta entero y sus guías culturales y sociales. Así como la ira de Europa y EEUU y el Reino Unido de ver cómo el mundo se zafa su polaridad y avanza hacia otros lados… una ira que va a desenmascararse y a estallar en problemas de cultivo, manejo de agua y apropiación directa de recursos sociales y humanos.
Si 4 de cada 10 mujeres del planeta se dieran cuenta del número de violaciones que aumentarán si estos gerentes y capitanes desarrollan sus planes, renunciarían a su nacionalismo en un solo latido.
Si 4 de cada 10 mujeres fueran consciente de que las están usando en un enorme experimento social para, a punta de drogas -sobre todo el alcohol y la marihuana-, encaminarlas a hábitos de consumo y reproducción… probablemente seguirían tomando Jack y fumando un porro, pero se pararían en la frente de las destilerías a romperle la madre a los abusos que realizan los que mandan en ellas.
Si 4 de cada 10 hombres pudiera ser sincero consigo mismo, la creación de grupos de trabajo emocional masculino florecerían como los hongos sobre la hierba.

La única razón por la cual la moda está en plan retro es porque hay un terror INCREÍBLE a asumir el vacío del presente. Cada vez que alguien se alimenta y justifica con Buzzfeed, con Facebook, con Twitter, con la prensa escrita o con la Biblia, está fortaleciendo ese diálogo interno que le dice que pertenecer a un grupo o morir es la mejor manera de irse. Y en la cual “todo tiene logo/ya tén logo” [Kevin Johansen] es la única realidad posible de desarrollo humano.

Yo no puedo invitar a nadie a que se de cuenta de que sin cultivarse solo es un objeto más. Ni tampoco puedo evitar en mis amigas y mis amigos que en su afán de ascender socioeconómicamente se deformen hasta lo irreconocible.
Pero guardo la esperanza de que se den cuenta de cómo están siendo usados a diario, y de cuánto les falta para poder conectar con algunas cosas, más abstractas y geométricas pero más preciosas, que están vagando a 6 centímetros atrás del omoplato, en continua sucesión, impecables, mientras nos tienen distraídos con esta fantasía de 2da Guerra Mundial y su álbum que no ha sido procesado.