La campana de cristal

Esos ojos vacilantes, esa pupila penetrante, la lengua saturnina y la sensación de estar y beber un rock que decía que estaba un tiempo lejos de casa, 24-7, por donde pasaba.
Cuando estaba en la fiesta lo había percibido en su rostro.
Así que iría a la siguiente mañana a su casa.

Cedió la madera de entrada como cede una excusa a un beso de despedida.

La carta era muy limpia. Y el sonido del ventilador del computador era muy claro.
Los vidrios estallaban preciosos con su luz reflejada por todo el cuarto, de forma concéntrica, todos por el suelo derramados, mientras la calle abajo se empezaba a mover por algo que había pasado por ellos. Hematitas y piedras filosofales sin cristalizar hacían lagunas por todo el cuarto.

Al fondo del impacto, en una hoja de papel algo simple abandonada en el suelo:

“Sé qué vas a decir.
Prejuicio-cerrado-abierto-encontrado-lucrado-irresponsable-víctima-premeditado.
Pero intenta tú vivir con el amar a alguien y tener que verla destrozarse porque no puede tocar físicamente el mundo, por saber su sangre contaminada, por sentirse pie y cadalzo, habiendo sacado en tajadas de cuarzo su corazón para poder llegar a hacer algún tanto.
Mi amor con la ironía no va más.

Cierra el grifo del agua en el que dejé lavando los sacos de algodón, te lo pido como sencillo favor.

Me marcho.”

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