Vendajes limpios por 346 Mhz

Acá cada una de las palabras que menciones te… no, sabes qué, mejor no me lo hables, porque yo no tengo nada, pero absolutamente nada que envidiarle a un megáfono en este momento, yo soy millones de voces en una sola clavícula.

No me traigas la pretensión de que la mesa está lista.

No vengas a decirme que los platos están listos, las telas están perfectas y planchadas, la presión es perfecta entre el borde del agua y el filo del vaso, no me traigas las coronas de televisión gringa como prueba de ambiente amigable.

Lo lindo de la canalización de los números es que, en algún resquicio de los mismos, tenemos descrito y escrito cómo liberar lo que ha quedado en apariencia tan fosilizado,
que solamente una vida corporativizada podría volver recurso esa debilidad (¿es así?).

Este es el motivo principal por el cual escaneo cada día, estoy buscando tu silencio entre tanta gente.

Gente tonta tanta tamaña temeridad titubear con la tormenta en la cara. Comprender arreglar alcanzar aplacarse y evadirse, ser la cara en regresión y no presente. El brillo de saberse sólo en el salón de matemáticas, como si fuera un aparato alienante astrolábico alienígena armado en mi casa, parece luz de papel quemado…

Hay un sabor fuerte que deja en la boca el hígado cuando estalla una flor de esas que nos gustan, ya saben, cuando se va la luz del Sol y vemos en una sabana cómo las formas, a veces, tienen más fluoresencia de la pensada.

Llamar loco y desviado y raro en lugar de dar abrazos.
Contener como un pobre extraño la cabeza propia para no tocar los tendones de metal de la propia.
Susurra el viento con velocidad de aullido alrededor tuyo, ¡es por eso que tienes las manos en la cabeza, no es por la persona que tienes al frente!

Tantas validaciones y acreditaciones para quedar hincado sobre el hielo y el cemento, no tienen sentido.

Quiero de tí ya no tu arrepentimiento, sino que me regreses mis flautas sin más aplazamientos.

Quiero de tí más que un trámite de ventanilla.

Quiero de tí una presencia, un olor a sinceridad, un carozo duro y frío para un cóctel con vodka en pleno invierno austral.

Pongo a correr la simulación de “sentido común” y de “sí, yo entiendo el mundo” en loop. ¿Los audífonos? Los reviento con volumen. El vaso está un poco sucio al igual que mi boca, pero no hay pierde.

Nieve, y mucha velocidad entre flores de alta montaña, no son mi castigo.
Son el don de mi tótem y el abrazo de mi especie.

Tus traslaciones

¿Contener esto en una sola bebida, se puede? No sé, tal vez sea algo así o más arrogante -por esta manía de comparar el capítulo 20 de alguien con el capítulo 1 propio, mas acá va-.

La simplicidad perdida de las montañas contrasta con la insalubridad fría y despiada del puerto de mentiras, de la ciudad de la apariencia y la eterna luz, la fraternidad inflada y el complejo animismo,
y aún así… ¿cómo hacer para no extrañar, para poder regresar?
Pesan las memorias y el terror aletea entre las guitarras
volviéndose bramido y ladrido a la vez,
lo oficial y lo esquinero empuñado
rodeando las espaldas
en un sólo abrazo.

Pero, ¿nos queda espacio para alimentar al ego cuando nos destrozamos a besos los recuerdos, como si fuera a balazo limpio?
Y ya, hay personas que te van a decir que sólo con dos ejes sencillos de irreverencia se soluciona todo.

Esa búsqueda de hallar un cielo verdadero
entre tantas y tantas alfombras que tomamos por techo
sin saber
que estamos cabeza abajo, por tontos, pero no en pirueta de niño
sino en adoración y sublimación.

Despertar
Abrazar un árbol
Retornar a la paz
Y no tener que beberse las memorias de los miedos
Sabe mejor

Guardo en tí mi amor por la vida
guardas en tus calles la esperanza de ser recorridas
guardas la posibilidad de ser un viajante en un estallido
o en un susurro que diga “ven, no te levantes, este desayuno va por mi cuenta”.

Las palabras surgen con fuerza, con resoplido,
con ese mordisqueo de labios del que tiene que depurar el filtro de lo que queda para avanzar hacia el otro remedo de esperanza
que nos dan las mentes bellas, limpias como ópalos bruñidos.

Cada mañana la intensidad lujuriosa hija de la sicodelia, cada noche un abrazo que huele a alcohol embutido dentro de los pliegues del próximo día, y así…

Hablar de las cosas no por odio, o por desventaja
sino por el inmenso placer de pensarlas de nuevo reestablecidas
sigue siendo el calor de madera que considero el mayor lujo posible que se puede tener
en este viento.

Los secretos de las casas construyéndose

En mi cabeza eras más interesante, me contabas historias sobre playas, sobre personas, sobre vidas que han empezado de un color y de otro mil veces.

Los ojos buscan la boca automáticamente pero no hay salida, sólo retorno, y si no se quiere bailar con esta persona no hay mucho modo de mejorar el tema.

Se dan los pasos pesados, pensados, controlados, acaso porque la excusa es el otro para seguir bailando.
El sonido se refresca, pero las articulaciones no.
El cuerpo se vuelve tieso, pero el ritmo no.

Ayer te ví finalmente, te ví dentro de las memorias, te ví como las teclas sulfatadas dentro de un gran teclado que parecería dibujado por Escher mismo -o que Escher disfrutaría usándolo para redactarle a su hijo sobre el mundo-. Cuando la nieve cayó, cuando el agua hizo silencio, pude ver con mis ojos que lo que ocurría era que no había nada de aquello que me perteneciera, sino que te pertenecía a tí.
Ese pronombre que definía calidad y cercanía, ese , estaba habitado por dos tiempos distintos en mi taller y mi construcción, en el cual todos se habían dado cuenta que ya no habitabas, pero yo era el único que no sabía que ya no estabas ahí en físico sino en amplitud de diafragma fotográfico, que no dirigías mi arreglo de la nave, que las literales y simbólicas formas de vida que habitaban la madera y la casa estaban ahí porque tu presencia no se había diluido, porque estabas en un loop cortaziano, encerrado entre buzos que recuerdan infancias 80eras
mientras los demás me miraban esperando hilar una nueva historia.
Esperando.
Confiando.
Bebiendo cosas ligeramente ácidas para desenfadadamente postular nuevos amores.

Las playas que no conociste y las vidas que no asumiste
se fueron a convertir en ceniza a la ribera de algún árbol
con el cual el silicio, el calcio, el hierro y el salitre
finalizaron el viaje.
Ahora, una persona menor
una persona distraída
o bastarda en sus creaciones
no rastrearía para nada la disolución de las percepciones
de lo que ha pasado.
¡Tanta, tanta ira bajo el puente
y nadie para comprarla!

Pero entonces llega el punto en el cual te desatas, pero no te rompes. Decodificas, pero los nuevos cielos vierten ahora crisálidas y no cosas crípticas. Ahora los luteros que te rodean comprenden, ya sabes que no podías actuar porque habían rezagos de tu presencia ursina, y así es como comprendes qué es y hacia dónde avanzar.

Tal vez no haya supervivencia al final de esta historia, ¿sabes?

Pero nos queda entre las manos la ceniza de las travesías, y esta genera un tipo de humedad que estos hijos de sintetizador envidiarían.
Su brillo, enternecedor -hasta estremecedor, inclusive-, es el que nos permite sobrevivir y romper esa ilusión de que no se puede
retornar con la cabeza y el corazón
salva
por el simple placer de pronunciar las palabras “acá hay espacio para esto, esto haré bajo este techo
y seré millones…”