Los secretos de las casas construyéndose

En mi cabeza eras más interesante, me contabas historias sobre playas, sobre personas, sobre vidas que han empezado de un color y de otro mil veces.

Los ojos buscan la boca automáticamente pero no hay salida, sólo retorno, y si no se quiere bailar con esta persona no hay mucho modo de mejorar el tema.

Se dan los pasos pesados, pensados, controlados, acaso porque la excusa es el otro para seguir bailando.
El sonido se refresca, pero las articulaciones no.
El cuerpo se vuelve tieso, pero el ritmo no.

Ayer te ví finalmente, te ví dentro de las memorias, te ví como las teclas sulfatadas dentro de un gran teclado que parecería dibujado por Escher mismo -o que Escher disfrutaría usándolo para redactarle a su hijo sobre el mundo-. Cuando la nieve cayó, cuando el agua hizo silencio, pude ver con mis ojos que lo que ocurría era que no había nada de aquello que me perteneciera, sino que te pertenecía a tí.
Ese pronombre que definía calidad y cercanía, ese , estaba habitado por dos tiempos distintos en mi taller y mi construcción, en el cual todos se habían dado cuenta que ya no habitabas, pero yo era el único que no sabía que ya no estabas ahí en físico sino en amplitud de diafragma fotográfico, que no dirigías mi arreglo de la nave, que las literales y simbólicas formas de vida que habitaban la madera y la casa estaban ahí porque tu presencia no se había diluido, porque estabas en un loop cortaziano, encerrado entre buzos que recuerdan infancias 80eras
mientras los demás me miraban esperando hilar una nueva historia.
Esperando.
Confiando.
Bebiendo cosas ligeramente ácidas para desenfadadamente postular nuevos amores.

Las playas que no conociste y las vidas que no asumiste
se fueron a convertir en ceniza a la ribera de algún árbol
con el cual el silicio, el calcio, el hierro y el salitre
finalizaron el viaje.
Ahora, una persona menor
una persona distraída
o bastarda en sus creaciones
no rastrearía para nada la disolución de las percepciones
de lo que ha pasado.
¡Tanta, tanta ira bajo el puente
y nadie para comprarla!

Pero entonces llega el punto en el cual te desatas, pero no te rompes. Decodificas, pero los nuevos cielos vierten ahora crisálidas y no cosas crípticas. Ahora los luteros que te rodean comprenden, ya sabes que no podías actuar porque habían rezagos de tu presencia ursina, y así es como comprendes qué es y hacia dónde avanzar.

Tal vez no haya supervivencia al final de esta historia, ¿sabes?

Pero nos queda entre las manos la ceniza de las travesías, y esta genera un tipo de humedad que estos hijos de sintetizador envidiarían.
Su brillo, enternecedor -hasta estremecedor, inclusive-, es el que nos permite sobrevivir y romper esa ilusión de que no se puede
retornar con la cabeza y el corazón
salva
por el simple placer de pronunciar las palabras “acá hay espacio para esto, esto haré bajo este techo
y seré millones…”

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s