Es La Escena, estúpido [re: a Revista Metrónomo]

[Nota del Autor – Este texto contiene palabras dejadas en adobo de sarcasmo y algo de jengibre, no es políticamente correcto, rizomático ni heroico; se basa en este de Revista Metrónomo y conversaciones con Lido Pimienta y varias personas del circuito creativo local. Si no tiene hígados para beber té amargo o tónica, nadie lo forza a servirse. Si quiere divertirse, ponga play al video… y PgDn. ;)]

Cada vez que me hablan sobre el público bogotano me entra un ataque de risa especialmente afilado. . . ¿de qué estamos hablando acá?

Hay demasiadas formas de desbaratar esa noción casi infantil –de lo ingenua que es- sobre un, público, bogotano, sobre todo en este 2015 (a mí modo de ver). Quiero describirlo, tocar las aristas y mapear como siento que es, ya que con esta indiferencia fingida no le va al tema ninguna evolución. Así, creo que acá es donde damos un paso para atrás y miramos la tramoya en la cual se crean todas esas obras y canciones y estéticas bonitas que nos agradan consumir.
Es decir, La Escena.
Compuesta de personas que quieren fama, poder e influencia primero y calidad artística de quinto, La Escena está siempre hambrienta de pieles más suaves, logros a edad más temprana, autoestimas alineadas con cierto tipo de color y textil, apariencia de libertad en trabajos de 8 a 5 o 2 a 10 que permitan el dinero que no se consigue mientras llega el éxito.
Y lo que le sobra a La Escena se convierte en lo que conocemos por emisoras “normales”, o podcasts que en Colombia consumen poquísimas personas, o páginas web que se quedan chupando ácaros y polvo en el ciberespacio a pesar de buen contenido, o de producciones que no están hechas para el gusto y sabor local –la pura verdad- sino para que las personas extranjeras que sí comprenden el nivel de calidad y sustancia que tenemos en cuanto a producción artística en Colombia las pongan en un sitio con más posibilidades de exploración y desarrollo. Artistas y todo.

Yo voy a hacer una confesión abierta y sin pena. Detesto ir a conciertos en Bogotá.
Lo he detestado desde hace muchísimo tiempo, y he ido a varios de distintos géneros –que no tengo por qué nombrar, no me valida nada decirlos-. SIgo llendo cuando puedo. Y una parte mía siempre sale molesta.
Porque si hay algo más fastidioso que los promotores que pasan por los pasillos con ínfulas de dioses helénicos en onda civilizatoria a los mortales sudacas, o los productores de sonido que tienen más alcohol que sangre y más taches que piezas, son los seguidores de La Escena haciendo de las suyas y vociferando de una forma muy agresivo-pasiva que ellos sí tienen derecho a estar acá en este concierto y tú no; estas personitas que, por no meterle contexto (historia, raza, espacio-tiempo) a la música, viven histeriqueando sobre lo que debería ser el momento, en lugar de conectar, aprender. . . inclusive, hasta de oír en silencio devocional lo que no conocen de la persona en la tarima que está poniendo sus vulnerabilidades (quiera o no) al interpretar.
¿Y saben? Pensaba hace pocos años que esto era patrimonio solamente de algunas personas post 40 y muy #somosel1% que tenían esta actitud idiota; pero me he dado cuenta que ahora tenemos una camada de personas que de tanto desarrollar su cerebro con reality tv, exceso de ironía posmoderna en caricaturas y propaganda fashionista, ¡creen que su vida es una serie de FX!, entonces, nada, ahí están dándole al bombo de cómo son de outsiders e irónicos, y pagan hasta $500.000 para que sea su celular el que vea el evento. Sí, su celular. No, no estas personas que pueden ser conmovidas, su pinche celular se goza el concierto, les da ilusión de ser periodistas o narradores de CNN. Y esta camada de personas no es ya generacional, es el grupo de personas que con cualquier tipo de celular se dedican a llamar en la mitad del recital a otra persona, o a enviar emojis via Whatsapp con todo el fucking volumen puesto, o a sacarse Vines con comentarios idiotas. . . porque creen que si lo hacen, tal vez también los demás se den cuenta de que son parte de La Escena. #egotrip puro.

Todas estas cosas juntas hacen que ir a un concierto sea difícil para mí muchas veces, porque esta energía de ansiedad es como un ruido asqueroso en un bafle que no me permite oír con calma. Es esta ansiedad de florecer que impide notar algo: si se centraran en un solo instrumento y se dejaran llevar, les llegaría solita la flor –incluyendo el disfrutarse esa droga que están consumiendo, ningún juicio acá a ello-. Es como si esta ansiedad los separara y no les permitiera darse cuenta de que es notorio hasta en un concierto ese arribismo cultural con el cual nos comen la autoestima, que nos dice que no somos individuos dignos de tener una cultura musical, una red tejida de experiencias de apoyo y respeto recíproco entre productor de contenido y conectado por el contenido; es como si nos quedáramos en loop en lugar de continuar la exploración por estar haciendo una ecuación estúpida entre el disfrutar de la diversidad con tener 17 o 25 años. . . mientras millones de corazones siguen explorando eso en el mundo entero, arrugas y tatuajes presentes.

¿Estamos intentando hacer qué, exactamente?

No es claro. Pero La Escena sigue ahí, como un objetivo a alcanzar.

Lo cual me ha llevado a detectar esto. . . La Escena erotiza porque lo cool es un añadido mojabragas y rompecolchones, señores. Sin La Escena muchos no tendrían vida sexual.
Sí, lo dije, no lo quito, La Escena nos da esta ilusión de que por fin seremos bellos, por fin tendremos glamour, por fin seremos reconocidos y amados –aún cuando no nos amemos ni a nosotros mismos, qué más da, finjamos tener autoestima persiguiendo lo cool todo el día-. Pero a punta de sabiduría popular y posmodernismo chirri, nos hemos desensibilizado, entonces, La Escena ha adquirido más importancia de la que realmente necesita para que disfrutemos las cosas o se produzcan cosas de calidad.

Dejemos de pedalear un momento hacia los creadores y miremos al que escucha. . . a esta personita a la cual a punta de pésimos gobiernos que le quitan la plata siempre que pueden a las emisoras y televisión pública para saquearlas de recursos “en pos de mejorar antenas de celulares y tecnología y concreto”, la dejan siempre con la carita triste del que quiso comprender el juego y se frustró.
Esa personita que en su identidad, adorablemente, cree que es libre de elegir pero JAMÁS ejerce la palabra “diversidad” en primera persona y por eso no oye rap porque es de ñeros y negros, o metal porque es de guisos, o reggae porque es de marihuaneros, o electrónica porque es de trippys. Esa personita que quiere todo fácil porque como en casa le han martillado que el arte sirve para creerse mejor que los demás y ser parte de la élite que lo exprime a él y a su familia, inconscientemente quiere alguillo de venganza y por eso pide TOOOODO gratis, y aún así, lo gratuito y bueno lo deja a su suerte, como si fuera un reyezuelo en ese momento de dar la espalda sin darse cuenta que el que pierde, es él.
Esa personita que en su presupuesto familiar no va pagar un tiquete de $20.000 mensuales por más que lo llamen “aporte/bono/soporte/cuota”, y no porque no tenga el capital disponible (se lo gasta 15x en alcohol y comida con azúcar mensualmente), sino por total ignorancia sobre que ello sea parte de su vida. Esa personita que todavía no ha entendido que mientras más niega que lo criollo de sus abuelos solamente existe debido a la inmigración, más se queda desfasada de las necesidades culturales de las viejas generaciones para conectar con los jóvenes, así como los pos40 se pierden a los más jóvenes para tener una banda sonora de calidad que ayude a cambiar vidas y medios y mundo. Uno globalizado.
Y como además nos pasamos el 60% de nuestra energía intentando sobrepasarnos entre regiones en lugar de vernos como familia, invalidamos el trabajo duro de alguien más que recodifica el mundo con su música, entonces simplemente nos encerramos en nuestras casas a consumir lo más fácil de las emisoras, y así nadie va a conciertos de personas de otros géneros que no estén en su departamento de origen… y, ¿acaso eso no es lo más inútil en una ciudad que ya no tiene al rolo como el tipo caucasoide y chapeto, sino personas afrocolombianas como nativos, al igual que descendientes de asiáticos, sudafricanos, alemanes, brasileños, argentinos, además de gente que viene a Bogotá de todo el país a buscar ganar dinero?

Es por esto que los públicos bogotanos son artificiales, porque le creen a La Escena lo que esta diga y por eso son turistas del momento. El público no concibe la noción de que trabajando en conjunto con los artistas pueden, no sé, ¿hacerle contrapeso a ese gran y mórbido follador de oídos llamado Sayco-Acinpro, por poner sólo un ejemplo?, o ¿demoler tantos edificios mal puestos y construir centros musicales, estudios y parques con conchas acústicas?
Creo que si los públicos sí son de aspartame y nutrasweet en un 95%, es porque no se perciben a sí mismos como seres con posibilidad de expresión.

No hablemos de público bogotano, les propongo. Hablemos de cultura radial, de ovnis, cualquier otra cosa. Porque el público no se ve a sí mismo al espejo, y por lo mismo, ni siquiera sabe sus límites corporales, mentales o financieros; porque es masa y poco individuo sano. Y por ello mismo, arrojarles este tipo de luz en la cara los puede hacer reaccionar violentamente, como a los vampiros.

Pregunta es, ¿quiénes tendrán los cojones, desde su diferencia, de abrirse adentro?
¿Quiénes lo harán?
Porque el punto es este.
La aspiración de pertenecer a La Escena nos ha hecho olvidarnos de que tenemos derecho a mostrarnos como Homo Sonoris, que bailan y escuchan, que superan sus conflictos al entrar en trance.

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