La flor del fuego y los planos

Círculos de plata, con una mente tan tóxica y cristalina como el bismuto, cerrada sobre sí misma anteriormente. Indeciso, la tomé y la sacudí y la puse sobre la alacena para poder dejarla correr hacia el presente.
Adquirió forma casi animal y casi humana… la que usted prefiera.
Tomó la esquina, corrió y miró hacia abajo para verse a sí misma corriendo como si el pavimento fuera cristal de vitrina hacia otra dimensión. Todas las líneas de las botas, el ángulo de los músculos de las piernas, las metáforas que ya no son tales sino emisiones de taquiones, imágenes de valor y confianza vuelta sombra… todo eso mientras ahora hay un lanzamiento imberbe, ¡una conexión limpia que quiere tocarlo todo y volver a sentirse en nitidez claro con las coordenadas!

La falta de esperanza y de potencia son para los que no habitan la casa de mi padre. Como en el cuento del minotauro escrito por cierto argentino, las puertas parecen miles y el visitante llega a nuestro sitio pensándonos monstruosos.
Fieros. Inclusive, caníbales.
Pero el paso de las habitaciones y el eco que regresa de las mismas centuplicado separa el parpadeo de las masas, separa el empaste de la proyección, y conecta los vértices, generando sucesivamente distancias donde las palabras espera, altura, disuelve, autoridad y ebullición corren al encuentro del que, haga lo que haga, dará nueva forma y vida al espacio. Aún, si me trae muerte como arrendatario.

¿Dónde está mi nueva casa?

Huyendo. Corriendo. Se teje una nueva forma de cable, lo que se conecta a sí mismo está habitado por el color de la plata.
Indeciso.
Abandonado.
La sensación entre la punta de los dedos hace que los pies emitan una corriente y de pronto estamos de nuevo reescribiendo historias derrochando hormonas, como cuando la pila no estaba tan desgastada, como cuando no habíamos definido nada, como cuando habitamos y nos redimensionamos
sin estar esperando nada más que la siguiente oleada.
El estado de cristal no se pierde, pero sí se empaña…

¿Dónde está mi nueva casa?

Abrir las mañanas ya no depende de ninguna persona sino de sí mismo; la piel es nueva, dentro del abecedario compuesto quedan algunos retazos de pensamientos de Borges o de Deleuze. Quedan las impresiones sobre la Narración Oficial -así, con pompa-. Pero se revuelve el alma y salta de piedra en piedra, indecisa, abandonando a una velocidad pasmosa lo que se había comentado como cultura y como imposibilidad de replanteamiento durante la infancia.
Seamos fieles a nuestra furia, clavémosle espadas siendo héroes y reconociendo villanos.

¿Dónde está mi nueva casa?

El llegar a una cita y estar desfasado, el habitar sueños dentro de sueños que contienen claves, el sentir que hay un abrazo por alguna razón dilatado, por algún motivo cohibido y cerrado en su acceso al público; el taconeo que se pierde en la sombra de haber nacido perteneciendo a una capa construída por autos e idiomas de otras pieles… agite, temblor, duda, por no saber si eso es lo que nos abraza el día como un pulpo o como una flor de diente de león…

¿Dónde está mi nueva casa?

Coros, corifeos, me enseñaron la lengua bastardeada de una nación que nunca he conocido en mi vida -que no sé si conozca-, me enseñaron a dilatar esperanzas de libertad escribiendo con sus versos, ¿cuál es mi ritmo?, ¿cuál es mi ritmo?, ¿qué se alberga a la mitad de la mañana para mí, para los que viajan?

¿Dónde está mi nueva casa?

Surrealismo, Francia y España como amigas, mujeres de trajes cortos y curvas desgastantes, todo el calor de marquesina, la amplificación de lo sembrado en macetas hace 40 años.
Replantearse la relación entre lo lúbrico y el borde aparente de uno mismo es una nueva forma de estallar… ser flor de cactus en animación lenta.

¿Dónde está mi nueva casa?

Porque parece que soy, en algo, mi nueva casa.

La flor del fuego y sus distancias

¿Quién me mira al espejo? ¿Es el prototipo de hombre, es el amante desilusionado, es el hombre joven que se deshoja y revela cristales, o es el animal recodificado que no puede estar más acá e impacientemente me patea mazo en mano la escala?

Yo abrí la hornacina y de mi interior emergieron sin parar oleadas de ácido, de pérdida, de misterio y mística. Yo abrí la forja y siento cómo la escoria acumulada me ha sido vaciada, la mano se ha vuelto franca, la disposición segura, una tranquilidad fastidiosamente empoderante hace que acá y ahora me sienta cocreador de avispas, ¿a qué hora yo gané esta mano, mezcla de seguridad obrera y dictamen de orquesta?
¿Cómo te explico que el olor a serotonina quemado me da más asco ahora que la ausencia de tonos en la ropa de alguien? ¿Se puede equiparar?
La calle, la calle, se supone que la calle iba a enseñarme, se supone que mi problema era no tener experiencia, se supone que la calle contenía los besos y la vida que había perdido… pero, ¿qué tipo de calle?, ¿qué tipo de alfabetización percibo cuando leo esta ambientación rojo mate, cuando se me vuelve extraña la habitación por donde se mueve y sirve un café este tipo con un viaje pálido, de ira genérica, de poros de concreto que a ningún lado han ido habitando?
Y la calle.

La luz día llena mis ojos. No reemplazo una cosa por otra, el objeto es objeto y la mano es mano y todo es terriblemente sólido y sencillo a la vez, ‘no es fascinante’ -me repito en mi interior para apaciguar- ‘no es fascinante, no eras explorador sino turista, ¿será que le has robado la fantasía al mundo?, ¿mataste la poesía de todo un golpe o sólo hasta ahora te das cuenta de lo seco y ausente de limpieza que era tu estela?’
¿Cómo son las luces? Las luces ahora son cercanas. Añorándolas, se excavó dentro de la oscuridad para hallar miles de hongos luminosos que las reemplazaran. Pero alguien halló el interruptor en el cielo, ¡no sabía que había uno!
Antes del fuego, la caverna cerrada.

No se piensa y ejecuta de acuerdo a desbaratar una regla, es más, la regla se comprende como métrica y se mira hacia adentro, se observa la gran Rueda de la que emana la velocidad que habitamos los que vamos más veloces,
todo el mismísimo día. Es más, existe cierta capacidad de admirar la regla.
Los leños que acumulamos tú y yo durante tiempos, esa obsesión con el paso de los momentos y con que cada vez que nos encontráramos fuera espectacular, la ansiedad infinitesimal de perderse cada segundo y momento porque algo no era suficientemente eléctrico, ha desvanecido entre el color de un nuevo viento.
Nada me calma la sensación de estar, por vez primera, satisfecho.
Y ahora.
Cuando pensaba en proyectarte algo, me desvanecía en silencio. Decía “qué lindo” y “qué posible” y “qué ausente esto”.
Las botas del chico latino queriendo ser estadounidense están dando paso a un pie desnudo más resistente que el huarache de los poderosos yaquis, más azul que los ojos mixtos de los señores kichwas en La Paz. Sí, la mezcla es así de fuerte y se ufana de sí misma.

¿Qué está ahora siendo, que conservo la misma fuerza, pero hay distinta brújula?
Definiendo cada mañana, mi estómago se llenaba de esferas llenas cada una de una frase como no me olvides o eres igual a él o ellas son la razón de vivir o si no la controlas no la amas o pásame una cerveza más para darle sentido.
Era esta sensación de tener el flujo sempiterno, sin interrumpir.

Ahora…

Gotas al azar sobre un tapete de musgo seco.
Era una mano que sostiene una copa, era una mano que ya ha bebido demasiado.
Los sentimientos se mezclaban de una forma libre y arrojada. Salvajes, todas las formas de la creación se peleaban entre sí mutando de forma para poder ser arrojadas al mundo exterior como un marasmo, como una roca, como algo sin definir y sin bordeslímitesrespiracióntemblor centrado.
Antes del fuego había una ausencia de secuencialidad.

Pero ahora…

Hasta las mismas formas de las letras me hablaban con una cadencia y una admiración, una impertinencia digna de un manicomio con locos bellos, tranquis, compartimentalizados y sin embargo con estructura de mangle.
La vida era el roce de esta y esta textura. La ropa, el detalle de admirar donde se incrustaban metáforas.
Antes del fuego, sólo había agua.

A dos días de la entrega

No todo lo que se dice es un rant, un reclamo. No todo lo que no se dice es un reclamo. No todo lo que se pronuncia y enuncia con sarcasmo es un reclamo. No todo lo que se habla sobre futuro será real cuando no sea reclamo. No todo lo que se escribe sobre cambio es sobre ser adolescente y es un reclamo. No todo lo que se propone como cambio es evadir la edad, es un reclamo. No todo lo que dice Malena Pichot o pensaba Tony Stark en los comics era palabra de Dios, era un reclamo. No todo lo que suena en mi cabeza son propagandas de los ochentas y noventas, no, no todo son reclamos. No todos los dedos son inútiles si no están tocando el brocado de una lencería made in China, no son reclamos. No todos mis pies pueden ser independientes entre sí de mis hombros y manos, pero no-no-no, no son un reclamo. No todos los bebés merecen vivir y no todos los que viven merecen una oportunidad en este cielo… decirlo no son, no son reclamos. Leer a Clarice Lispector y estar de acuerdo con Paul Freire y amar a las mujeres que danzaron con lobos tatuados al filo del punk no son reclamos. Oír los amores truncados de la amistad que no fue contigo no son reclamos, es B. B. King + Tracy Chapman diciéndome the thrill, the thrill is gone. Si te escribo y me dejás en visto y no me contestas porque piensas, en el fondo, que eres mejor que yo y que estoy desesperado por conectarme en 2.0 mientras en 1.0 no hay con quién, está bien, sé que no es reclamo. Si no puedes respirar aunque haya amor sobre la mesa, está bien, sé que no es reclamo. Si tienes la piel dorada por el amor del Caribe pero te enamoraste de la tierra de otro país y te pudo más ese amor que pensar si eres clase media alta o no, está bien, sé que no es reclamo. Si piensas que estás monopolizándome el afecto al no contestar cuando te escribo, aún sabiendo que entre las palabras y las líneas del cuerpo hechas dibujo nos habremos de encontrar, está bien, sé que no es reclamo.

No todo lo escrito largo es reclamo.

Yo te grito y te escupo de mi pared estomacal con diente y todo, yo soy Juanita DientesVerdes y dos de Molotov mientras lo paramilitar se tatúa en la frente,

pero acá estoy

comiendo chocolate

y volviendo. Y quedándome. Y viniéndome.

¿Y eso que juzgaste locura? Y, era pura gramática y fragmentación -según la RAE-.

Y te lo pierdes.