La flor del fuego y sus distancias

¿Quién me mira al espejo? ¿Es el prototipo de hombre, es el amante desilusionado, es el hombre joven que se deshoja y revela cristales, o es el animal recodificado que no puede estar más acá e impacientemente me patea mazo en mano la escala?

Yo abrí la hornacina y de mi interior emergieron sin parar oleadas de ácido, de pérdida, de misterio y mística. Yo abrí la forja y siento cómo la escoria acumulada me ha sido vaciada, la mano se ha vuelto franca, la disposición segura, una tranquilidad fastidiosamente empoderante hace que acá y ahora me sienta cocreador de avispas, ¿a qué hora yo gané esta mano, mezcla de seguridad obrera y dictamen de orquesta?
¿Cómo te explico que el olor a serotonina quemado me da más asco ahora que la ausencia de tonos en la ropa de alguien? ¿Se puede equiparar?
La calle, la calle, se supone que la calle iba a enseñarme, se supone que mi problema era no tener experiencia, se supone que la calle contenía los besos y la vida que había perdido… pero, ¿qué tipo de calle?, ¿qué tipo de alfabetización percibo cuando leo esta ambientación rojo mate, cuando se me vuelve extraña la habitación por donde se mueve y sirve un café este tipo con un viaje pálido, de ira genérica, de poros de concreto que a ningún lado han ido habitando?
Y la calle.

La luz día llena mis ojos. No reemplazo una cosa por otra, el objeto es objeto y la mano es mano y todo es terriblemente sólido y sencillo a la vez, ‘no es fascinante’ -me repito en mi interior para apaciguar- ‘no es fascinante, no eras explorador sino turista, ¿será que le has robado la fantasía al mundo?, ¿mataste la poesía de todo un golpe o sólo hasta ahora te das cuenta de lo seco y ausente de limpieza que era tu estela?’
¿Cómo son las luces? Las luces ahora son cercanas. Añorándolas, se excavó dentro de la oscuridad para hallar miles de hongos luminosos que las reemplazaran. Pero alguien halló el interruptor en el cielo, ¡no sabía que había uno!
Antes del fuego, la caverna cerrada.

No se piensa y ejecuta de acuerdo a desbaratar una regla, es más, la regla se comprende como métrica y se mira hacia adentro, se observa la gran Rueda de la que emana la velocidad que habitamos los que vamos más veloces,
todo el mismísimo día. Es más, existe cierta capacidad de admirar la regla.
Los leños que acumulamos tú y yo durante tiempos, esa obsesión con el paso de los momentos y con que cada vez que nos encontráramos fuera espectacular, la ansiedad infinitesimal de perderse cada segundo y momento porque algo no era suficientemente eléctrico, ha desvanecido entre el color de un nuevo viento.
Nada me calma la sensación de estar, por vez primera, satisfecho.
Y ahora.
Cuando pensaba en proyectarte algo, me desvanecía en silencio. Decía “qué lindo” y “qué posible” y “qué ausente esto”.
Las botas del chico latino queriendo ser estadounidense están dando paso a un pie desnudo más resistente que el huarache de los poderosos yaquis, más azul que los ojos mixtos de los señores kichwas en La Paz. Sí, la mezcla es así de fuerte y se ufana de sí misma.

¿Qué está ahora siendo, que conservo la misma fuerza, pero hay distinta brújula?
Definiendo cada mañana, mi estómago se llenaba de esferas llenas cada una de una frase como no me olvides o eres igual a él o ellas son la razón de vivir o si no la controlas no la amas o pásame una cerveza más para darle sentido.
Era esta sensación de tener el flujo sempiterno, sin interrumpir.

Ahora…

Gotas al azar sobre un tapete de musgo seco.
Era una mano que sostiene una copa, era una mano que ya ha bebido demasiado.
Los sentimientos se mezclaban de una forma libre y arrojada. Salvajes, todas las formas de la creación se peleaban entre sí mutando de forma para poder ser arrojadas al mundo exterior como un marasmo, como una roca, como algo sin definir y sin bordeslímitesrespiracióntemblor centrado.
Antes del fuego había una ausencia de secuencialidad.

Pero ahora…

Hasta las mismas formas de las letras me hablaban con una cadencia y una admiración, una impertinencia digna de un manicomio con locos bellos, tranquis, compartimentalizados y sin embargo con estructura de mangle.
La vida era el roce de esta y esta textura. La ropa, el detalle de admirar donde se incrustaban metáforas.
Antes del fuego, sólo había agua.

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