Entre actos

No todo lo que se escribe es sobre el perdón propio… uno se imagina también la piel de otros en conflictos, en desplazarse, en sobrevivir hoy 2015.
Si falla, falla esa dramaturgia; si no, se concreta y avanza.

No todo lo que se dice es para quedar bien con otras personas.
Sí,
se perdieron tiempos,
sí,
se desperdiciaron oportunidades por querer cosas perfectas,
sí,
no era la llave para la cerradura y listo.

No todo lo que se dibuja es un espejo de la mente.
A veces es un nerviosismo frente al tamaño del mundo, el paso del tiempo, el desgaste celular o autores que sorprenden y aterran… mientras más se excava en uno y más se comparte, más alegría sale con ello. Sí, parece un cambio ficticio, intelectualoide, giroide, ¿mutantoide?
Pero se nada o se mira el río, las dos no van. Se pone atención a cada brazada y se afila el acto mecánico para que fluya, o se tragan bocaditos de mente sana nada más.

Entre un afecto y otro hubo un silencio, una implosión. Y de ahí nacieron algunas copas y algunos sitios, habitarse y comprender más o menos el por qué se está donde se está. De ahí se entiende la ira antropofágica o la solipsista. También desde ahí se ve cómo para algunas personas la belleza es máquina de extraer dinero, caiga el que caiga y caiga cómo caiga. A veces no se halla oro sino plutonio y como no hay maquinaria, todo estalla por dentro.
Y si eso es lo que causa ira, no comprendo. ¿Entonces, para qué se conocen los ritmos de las personas…?

Hay un punto en el cual las heridas ya son de otra magnitud, ya es como limpiarse de manchas, es algo de menos fibra y más dermis. Puertos, nos volvemos todos una oleada de procesamiento y de perdón hacia adentro; playa, pensamos que hemos llegado al destino pero estamos es corriendo en desbandada alejándonos del mar; tranquilidad,
sólo le queda a uno espuma y el reconocer olores nuevos como si algo se destapara en el entrecejo y en los árboles al mismo tiempo, como si fuera conversación entre ambos.
Con tranquilidad hay letras que se dejan y otras que llegan, pero hay necesidades que ya no cubre cierto tipo de escritura.

Existe un profundo placer en destapar de la mente propia y del espinazo los grandes actos de culpa dejados a fermentar.
Y explico.
Una vez se ha mandado todo lo podrido al tejido de metal, una vez se ha decantado, lo único que pasa al beberse ese líquido es emborracharse. Hay sicodelia. Hay efervescencia. Hay… hambre de colores, no sé cómo explicarlo, hay también siembra y confianza -hongos y frutas de corta floración- que cuando se visitan queman (el primero en arder es uno mismo, rarísimo el acto), ¡pero iluminan esas semillas!
Es un acto solitario.

Yo no sé si exista el perdón sin redenciones. No lo conozco, pero es porque hay influencia de la épica en todo lo que he contactado.
Pero sí sé que aquellas batallas pequeñas se ganan y superan a pesar de la distancia, de sí mismos y de la intención del tiempo. Y que los renacimentos cuestan un sacrificio a deidades, sean o no claras sus existencias. Sean, o no, claros sus domicilios.

Hay un deseo que ya no existe de decir “cuando X pase, verás”.
El catalejo llegó acá y siguen llegando otras partes… y no siento en la punta de la lengua esa angustia que obliga a rendirme frente al otro como si fuera deberse a un lector lo que defina el pulso.

Entre un espacio y otro, así sea a 140 neuronas/s o de saludar el día, la tarde y la noche, lo que se ha tejido por dentro no puede romperse fácilmente.
Ahora, veamos el temblor que hay en el aire, que llene pulmones,
ya que hay que salir a la calle sin ser presa,
en un mundo que se jura león y hay espíritu torcido de hiena por todas partes…

un mundo de recodificaciones.

La flor del fuego y el residuo de forja

Estoy escribiendo porque es el lujo, un lujo pequeño, uno íntimo.
Uno que tal vez en pocos días, en pocos meses, se vea como el lujo de una clase que se daba el placer de mentirse a sí misma sobre el alcance de sus propias redes. Sus propias… vertientes.
Pero escribo y es mi acto de rebeldía, es mi revolución no armada y mi beso a cada frente de cada madre en Ayotzinapa para que duerma tranquila,
a cada mano de piel negra que he ofendido en mi vida sin saberlo y aún sospechándolo,
a cada mujer que lastimé por tener un piloto automático en lugar de una vela en llama,
y argumentaciones se diluyen frente al temor que emerge poderoso, adueñándose del derecho de ser visible y ser amor, ser mar y ser cuerpo,
tantos jeanes rotos y tantas pieles engruesándose
mientras la sal se torna en saliva
los ojos en arena,
mientras la palma se pudre y palabras con sonido a piel cobriza
como quinua, como yagé, como peyote,
arrancan al aire esa extrañeza emocionante que había perdido;
señora yo no soy intelectual porque lo desee, soy intelectual a la fuerza, porque cuando a usted le secuestran la voz y el corazón para dialogar durante 12 años no tiene otra forma de encontrar en la naturaleza sinónimos, sustantivos, gravitación y potencia.
¿No han tenido un día en el cual descubren que la sangre generó en unos hemofilia y anemia, pero en otros, vampirismo…?

Le confió el amor al mando medio, a la baja categoría, a la rendición barata de cuentas y a la frustracion disfrazada de redención de familia.
Su pupila es ámbar, pero es de perro desgastado, no de hombre nuevo, y me atraviesa.
Acá se volvió más fuerte, a pesar de los raros, de los demás y sí mismos, es la historia de éxito de la clase media.
Tengo atravesada la línea de madera en la mano.
Su mirada se volvió ojerosa, sin melanina, pálida y satisfecha con su propia excusa.
Tengo atravesada una tristeza profunda por no definirlo.
El soldado me llama iluso, el exsoldado y padre de dos me llama mezquino e inmaduro, el decano de facultad me nombra fracaso y la mujer escultora me nombra mágico.
Estoy intentando abrir bocados de memorias entre un espacio lleno de cristales y el sampleo de este nuevo continente, pero los cambios son tan acelerados que ha sido doloroso sostener los pies sobre la tierra,
casi siento como
si lo que subiera no fuera prana sino miles de armaduras pequeñas
y fueran nanobots y no líneas telúricas lo que me relacionan con el linóleo.

Cuando era pequeño me gustaba más la biología que el hombre y sus conceptos, pensé siempre que tener mil o treinta mil pesos era demasiado dinero junto y que no tenía sentido ir a una iglesia o a un cementerio a celebrar el amor que no se entregó en vida; cómo ha sido de devastadoramente acertada la luz de ese descubrimiento, y qué soledad de bodega te deja en el alma el conocer cómo todo ello se ve invadido por las responsabilidades adultas
que no son tales
pero te pinchan y pican, cual si tu vida fuera el receptáculo de Petri de alguna primaria gigante.

Diría que poseo con más claridad los tiempos, las memorias y los espacios…

Diría que estoy esperando con más potencia que se lea, que se recuerde, que se acompañe…

Diría que sé y estoy seguro de la utilidad de mis esfuerzos…

Pero sólo soy un canario al frente de una inmensa mina con la voz al filo de lo pardo y lo ronco, qué voy a saber yo de alzar vuelos nuevos.

Estoy corriendo corriendo corriendo entre texturas porque la noche ya no me alcanza, porque diabetes, porque tres fríos y los sueños de renovación no alcanzan para las imaginaciones que inoculamos con televisión, que ahora repetimos en nuestros buscadores de Google,
que ahora abandonamos
cuando no nos da la suma de las argollas y el fin de…¿qué?
Mis ojos me devuelven el reflejo de una ropa en los ochenta en los cuerpos que me rodean, pero la vida continúa despiadada infiltrándose a través del espejo, y no hay filtro para detener la exigencia de aristas.

Necesito que la ronda se abra, que las puntas se tomen las manos y me rodeen dulcemente el cuello, sin ahorcarme, sin contenerme las letras, sin ahorcarme las paladeadas del cuchillo…
acá estoy conteniendo lentamente
las
palabras
que retornan entre un beso y el otro que corre sin parar.