El fuego y el mapeo al viajar

Tu mano.
Mi pelo.
Exfoliaciones.
Poner adentro y con corte bajo con lo que llamarás al mundo.
Preguntarse si esta vez sí se podrá salir del molde.
La desagradable sorpresa de compartir fuera del ambiente.
Y odiar cuando hay distancia…
Ya no somos una sustancia separada, desde hoy somos indisolubles, y acá va el poliedro de mis zapatos alejándose.

Estamos mal porque yo te estoy gritando que no todo depende de la cabeza y tú estás al otro lado del vidrio, pasajera en un tranvía que sólo hace la vibración de estar en marcha pero no se mueve,
y la ciudad me palpita con olores nuevos,
y las botellas son ojos de buey a nudos ciegos de adolescencia,
y las provisiones se adelgazan suavemente mientras lo hipster resuena saliendo de voces genéricas -quisiera tener ahora la flexibilidad de lengua que necesito para describir esto sin que suene como si tuviera veinte y estuviera intentando no juzgar como a los cuarenta, pero todavía no llego ahí-.

Estoy drenado de tu olor a desespero, estoy todavía sin equilibrio y girando dándome cuenta en una luz de un baño que ya no pertenecemos, estoy mirando en una puta cuadrícula de concreto que me estoy desprendiendo la piel, vieja, me estoy desprendiendo la piel, vieja, me estoy derritiendo por los bordes, vieja, y que el amor ya no me queda en los bordes del mundo para recargar mi batería de cosas adecuadas al hablar.

Continuar.
Hay que conservar los gestos de los afectos, pero no fermentar los mismos. ¿Hay que dejar que todo se vuelva limpio y depurativo, trascendental pero por ebullición de pentáculos, aún cuando las palabras dejan de ser ventanas suficientes por las cuales entran nuevos gigantes… a habitar ventrículos…?

Digo, no.
Dije, no.
Me dijo, no.
Pero sí, hombre, hubo una entonación distinta en el tercero… ella cree que no me dí cuenta, pero a punta de ego no come nadie. Dejo caer las cosas y retuerzo mis pies mientras escucho una guitarra porque lo de ser médico ha fallecido en mí y le estamos haciendo duelo, aunque no lo sepas todavía.

Ya no más espejos, ya no más cuentas rotas, ya no más promesas de ‘habrá un mañana, una proyección, una contención y habitación de afectos que me permitirá a mí saber qué está pasando’. No, no más acariciar las facetas del ego cuando estas no están disponibles en análogo o en orgánico. No, no más hacer lo de tocar y ser vampirizado en el jardín que has visto y que decías que admirabas pero me quedé yo amansando.
Como si no supiéramos lo que hace el efecto de lo amarillo cuando estamos entre cambio y cambio…

Tenemos que dejar de hacer el círculo entre los dedos de las personas que no comprenden y las personas que no les importa pero sí saben bien cómo hacer del amor un turismo total. Tenemos.

Tenemos que prometernos a nosotros mismos dejar de oír las versiones pasadas de cuánto vale nuestro afecto.

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