El fuego y medirse en Celsius

Para mí.
Para las dos manos.
Para nosotros y las mesas.

Para acariciar, esperar, morder con ansias, para reposar sobre las mentes que no señalo con un dedo porque el dedo con el que señalaba era el mío propio por qué estaba haciéndolo cuando todavía tengo las dudas amarradas al metacarpo, a la muñeca…

Para mí.
Para mi melanina.
Para ese aspartame de franqueza.

Cuando vengo acá estoy contigo y sin tí, estoy en una zona intermedia, el corazón hoy en día me funciona no como una estructura muscular sino epitelial, pliegues y ritmos y las promesas de un futuro que no sé si, en realidad, estoy de él tan cerca. Estoy acá caminando y a veces sostengo tu mano, sostengo la mano de ella, sostengo la mano de tantas promesas de sonreír fuera de mi barrio. No tengo otra opción que pensarte. ¿Tengo un barrio?

Para mí.
Pará, pará, pará (al extraño).
Respeto diferido a la zona donde me ubique en esta biología.

Una vez tomé el desbalance de una persona tropezada y le dije ‘¿estás bien?’ y recibí un ‘NO TENGO DINERO’ pero a la distancia y a mis espaldas susurró ‘disculpa… gracias’, una vez ví cómo un hombre se tocaba lascivamente debajo de la Tierra pero sólo paraba si unos ojos azules le ordenaban pensar y detenerse, una vez ví cómo, con nitidez, de donde vengo yo la gente no arma infraestructura de sus sueños o letras porque no encuentra valor alguno para amar y nutrir a esa madre tan generosa que lo ha cobijado… extraviar los deseos de un padre y diciendo querer superarlo para repetir al final su misma forma de administrar
confianza
se puede ir gateando por la vida.

El momento se abre y te descomprime, ya estoy al final de la cuenta y te pido por favor que me cobres.
No es un hasta luego, no es un tango o un bolero luengo. Acá no hay espacio para eso, acá lo que hay es espacio para la fuerza, acá uno tiene que sostenerse como si fuera un portkey a lo que le permita mirar afuera para al final verse como un cristal ardiendo dentro de sí mismo, chorreando por los bordes arena…
acá está la gente que ve el autobús que se comprime entre vehículos riéndose y la gente que sólo ve el autobús empapelado de las facturas y los créditos que se ha autoimpuesto. Acá el territorio de afectos es potteriano más que de Foucault.

Me voy a meter a la piscina de jugar a que ser normal se puede cuando el baile del prom ya ha terminado y nadie vino conmigo. ¿Qué me pongo para la ocasión…?

 

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