La Cacería y el picar mientras vas cocinando (Onceava Parte)

Recuerdo que decidí aprender a cocinar mientras las oleadas de dudas y gente enferma que había construido su casa
sobre arena y zombies,

sobre murallas de hordas y zombies,

se encontraban con la parte final del viaje: Fear The Walking Dead, Teme A Los Muertos que Caminan… sean 15 o 22 o 33 años, decídete a no ser comida de la ira,

a no comerte tu ira,

a no ser un viajero que sólo compra condimentos,

porque frita irás para el menú. Y a la cocina llegarás.
El aliento de las ideas andinas son frías, tienen ese vapor frío que sale de un puñado de tierra indomable al final de una camisa de botones. Son tan desplazamiento que se agarra con las uñas y genitales a como se ven acá las galaxias, tan coordenadas orgullosas pero poco peso planetario, tan tú cuando crees que esa hambre de poder no está en el chip central de tu computadora de carne.

Verbos como pelar, desgajar, desmenuzar y limpiar aplican tanto para los que siguen el baile de Buddha como para los que sostienen el peso de alimentar al futuro per se… la democracia perfecta está en aprender a cocinar, queridos tiranos de 50 años, no en los muslos de mujeres fantasmas que yuxtaponen a las que les hablan de vuelta, no hay boca tapada que cambie ese mal aliento del depredador.

Perdón. Soy cruel y lo lamento, sé que te dije que no jugarías solo, pero acá tengo que amasar una nave nueva y querido desconocido, no te puedo llevar conmigo, si no me voy a llevar esta ansiedad de no saber para quién copio recetas menos tendré espacio para tí; mi inercia me pide silbarte Amor y Control de Rubén Blades pero mi cuerpo exige limpiar las bandejas, los moldes de galletitas de monstruos y espadas, los vasos, para pintar mi lengua del color del camino.

Las palabras, soñé, salían de una mina que tenemos en nuestra boca: sigue jugando, masticando con paciencia.

¿Te huele a algo…?

Yo oigo el crack-crack del fuego fritando. Beat de batería de los 90. Esa, la voz ronca de la que amaste pero prometiste no hablarle de compartir techo. ¿Por qué compro más relaciones si esa memoria todavía me abre el universo?, ¿o estoy endiosando un tarro vacío de algo que ya no como porque no soy tan pequeño?

Cazar y exprimir limones sobre el plato ya no es abstracto para el hombre: es mi ancla, porque percibo cómo la hora pide que se llene la mesa. Besos flúor de ciudades que me cansé de aparentar amar, sepan que el tiempo de promocionar y facturar empieza, el tiempo de despedir acaba, lo sucio está y me propone enjabonar.

Aunados cuerpo y presencia, dolor o felicidad se teclean con calor… pero el tiempo no falla/no para/no calla/es Hora de Aventura, de ser Batman y comprarle la cosecha a la persona pero sin mandar al mayordomo por mi propia comida.

Lamento. No-espera. Diabetes progresiva. Arkanthos. La silla y la nevera. Dios Google para no olvidar el rostro.

El falso trono y el nombre de con quién quisiera partir pan desplegados como intersticio, como el intermedio dentro de mis tejidos entre abrir mi pensamiento y el bocado que otro da dentro de mí.

Es el espacio nuevo de un beso que.
Estoy palpitando como el abuelo con.
Estoy siendo testigo de.

¿Comparto?

 

 

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