Gotas de fantasía (iii de IV)

peque-his-i

peque-his-ii

peque-his-iii

peque-his-iv

La mano se te dobla.

Los dedos te duelen, ¡tienes una cortada!

Rápidamente llevas tu cobriza humanidad a tu boca, pero luego haces muecas de desagrado…
dado que los miembros cortados por dinero, por accidente, dejan un sabor aún más amargo en la boca.
Te secas levemente la sangre en el pantalón y continúas, con los libros en una mano y las copias y las maletas balanceándose hacia el viento

Levantas tu café, lo botas a la caneca cercana a tí…
y el viento en su aullido complementa este fraseo neuronal.

¿Cómo definirlo? Sí, la fantasía es bella, pero la alucinación te trae de vuelta a la raíz. Y tu raíz sabe a la tierra que tú le des.

Donde duermen tus tierras en abrazos de concreto es que vemos la profundidad del grito del alma. Viento, espadas rotas, uluar y planeo en derredor de espíritus palaciegos y paladines del obrero romantizado perfecto que miran por encima del hombro, ¿quizás?

Aquellas ciudades de donde seas orondo y que, sí, estén edificadas sobre hubos arrojan al rellano del mar la tristeza de doscientos mil castrenses sobre las cavernas y cofres doloridos del hazme lo que quieras, pero para…
esas son ciudades de arbol duro, tierra dura, miedo duro.

La fantasía será arrojar al carajo una botella de vidrios sobre la tela y tomarlo todo y nada entre las manos y gritarlo, romperlo, ¡astillarlo entre el placer del grito salido del corazón en tus entrañas!
¿Cómo, me pregunto, puedes ver el poder mítico si te rellenas de recuerdos y culpas antes aún de desayunar? ¿De viajes laxos y rotos, rotados, absrudos, hacia el exterior del corazón so pena de rozar una arteria azarosa y temblar parpadeando por el albor de lo orgánico?

Oh, caballos alados, invoco en ustedes la cordura:
eviten a la que evita y en bufido derritan el bronce
rompan agoreros y mentirosos, descastados y pobres hideputas desplazados,
porque su canonización es la muerte de mis hijos y los suyos,
su amor la potencia de mis arcoiris y señoríos del viento.

Sean grandiosos, sean colosos, rompan las bridas esmaltadas y de abolengo,

que las pátinas que no nacen del cristal parido por la tierra son remedos de

brillantes amores.

Rehuyan el aburguesamiento y el exceso de adorno, vil falacia que imita su amar a pecho abierto tormentitas y fogatas por igual.
Sé que no puedes olerme, pequeña, porque me escondo dentro de los pliegues de tus exámenes, pero que a través del papel que fabriqué para que tú puedas estudiar en paz, te llegue esto:
los hombres le cantaremos a la Diosa, ampliando súplicas de desmadres para no ser parias en el mismo útero en que ella nos creó

y como ustedes

podremos cabalgar sobre nieves y alcantarillas, sobrepasando en vértigo la luz de la calle y el desmán de la moda sobre los cuerpos, borrando como una estela el viento podrido por los amores no conjugados en primera persona y lo empedrado y la piedra rota y el bombardeo e iremos en abrazo hermoso, separados por las nubes,
unidos por el amor al movimiento.

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