Plegaria, antes de la Primavera.

Mi plegaria es simple, señor de la tierra, señora de la tierra.

Dioses de panteones olvidados entre  la pútrida tarjeta de plástico, el tener sobre el ser, la cabeza rapada sobre la lógica, las propagandas de toallas higiénicas y la prostitución velada como pan de cada día…

oigan mi plegaria.

Denme fuerzas. Invoco de ustedes la fuerza de las alas inmaculadas, el orden de Aquello Que No Tiene Nombre. La claridad, la caridad, para sentir dentro de mi pecho la generosidad y amor que nacen de querer arreglar el micromambo y el macromambo que hoy por hoy rodea mi ciénaga.
Que mis talones se afilen,
mis músculos se tonifiquen,
mi lengua se acere
y mi corazón despierte.

Que el daño quede hecho
que las canciones salten a la vista.
¡Respiro, PadreMadre!
¡Respira, HijaHijo!

Necesito el poder entero para desarrollar ahora, acá, la veta de jade y oro que me ha sido entregada
como pastor de hombres.
Necesito el poder lumínico para darme cuenta de que los errores se curan con la marcha aprendida como una flor negra entre los labios.
Confío en que retornará el rey loco, el poder de la guitarra, flower power en las venas, humedades de calidad de vendaval se levantarán y exigiré la sonrisa verdadera como fruta fresca nuestra de cada día.

Estoy esperando que se apague esta última vela maldita para abalanzarme como un lobo sobre la maldad, humeante el corazón como una montaña, y quiero clavarle los colmillos rotos pero fuertes y certeros, para que nunca, NUNCA, se vuelva a levantar lo denso.

Me he aburrido de vivir con la excusa de la porquería como única moneda en todo el planeta.
Y tampoco perdonaré a aquello que nos exige los caprichos pero para YAAAAA; ¿sabes cuál es el sitio para tu cuerpo en este universo? ¿Sabes acaso, PARA QUÉ ESTÁS HECHO! ¿Sientes dentro de tí el canto del viento agradecido y el de las estaciones que claman que oigan y apliquen sus cambios?

Ahora que el amor se debate para romper las lianas del amar a quién para seguir hacia el qué amar, elevo como incienso esto. Sube el humo de mi cultura profética con un ritmo que pesa.
Lo solicito al borde del delirio febril.

Abre ahora mismo mi Canto.

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Relicario. (Para M. M. H.)

En el corazón de todo hombre late un explorador, alguien que desea conquistar un trocito del mundo para sí y decirle a los que sean como él en carne o hueso ‘yo pude llegar hasta acá, te cedo el espacio para que llegues hasta el más allá de lo que tienes acá frente a tus ojos’.

En el corazón de todo hombre late la necesidad de misterio y fantasmagoria, unido con aventuras y el volar. ¿Quién puede atar al viento, anudar el corazón, comprimir su potencial, excepto la inexorable fuerza del murmullo vital?

Hubo una vez un amor que era puro y sagrado…
mas esa frase todavía es demasiado joven para lo que hay que mostrar.

Continúo.

En el corazón de todo niño late una pupa, cosita de nada que promete el ser algún día un maravilloso y eficiente insecto, cuyo colorido, forma, desplazamiento y elaboración serán la admiración a su manera particular para el mundo que le rodea.
¿Qué ocurre cuando llega el día de salir de la crisálida, y el niño encuentra que carece de todo poder para volverse el insecto maduro?
¿Qué ocurre con los dados de Dios en la mano del que es romo, sin afilar o rasgar, cuando sus alas no salen naturalmente hacia afuera, bombeando savia para desplegarse y volar? ¿Aún en claro riesgo de daño?

El animal entonces se transmuta en híbrido dimensional, en átomos en semimutación y proyecciones de cinema sobre la pared más inmediata: lo que se dice está lejos, muy lejos, de lo que realmente se es.
Partes de la coraza se adhieren al corazón y a menos de que se pueda comprometer la vida en limpiarse de ello, estas se enraizan alrededor del miocardio y no puede nunca más respirar completo el joven animal, siempre es algo incompleto su caminar…

Yo leí una vez de un hombre que para ayudar a nacer a una mariposa, destruyó la crisálida. Pero la joya escamada nunca pudo ser, dado que sus alas no se esforzaron para ser plenas; y quiero decirte que sí, lo sé, hoy mis palabras son algo acres. Es que hoy escribo con el corazón kafkiano, en los últimos estertores de una vida de arrastre y carga que ya no fue, con la conciencia de haber creado  dentro de mí miles, millones de huecos y galerías y de haber engendrado nunca oportunidades sino crías de dramas.
Tuve opciones para ser otra vez y otra voz, pero me venció y avasalló el miedo al cambio, a la luz, al arcoiris de la simpleza bella diferente.
Y una vez levantados los nubarrones de lo preescrito, queda solamente el silencio y la hendidura con forma de huella en la superficie del pulmón… la huella natural del que vive como espectador sin asir libertad.

Ahora lo sé.

Hubo una vez un amor puro y sagrado, un amor que me pedía solamente a cambio abrir los ojos y valorar las oportunidades que me acercaba. En lugar de ello, le dí la espalda y lo maldecí, lo culpé de todos mis daños y me encerré en mí, cavando dentro de mi ser moliendo huesos y carne hasta ser un cascarón de alegría, esperando la muerte lo más pronto posible.

Pero ahora que la cazadora alegre, la hermosa liberadora definitiva, me ha rechazado,
debo asumir este rastrojo de vida.

¿Tienes, caro lector, algunas moneditas de vida y verdad para un ser como yo en tu pantalón?

Porque ahora ese amor se ha cariado, se ha dañado, tal vez para siempre.
Y necesito hacer una colecta para que se sature de osos de felpa y flores, rápido, antes de que se desmorone y se vuelva un ente como yo,
rodeado de la soledad que ahoga del que no comprendió a tiempo.

Desiderata (ii)

Busco.
Entre las sombras de recuerdos, entre un 1 y un 0 pegados por la corriente eléctrica, en mi memoria, en los poros de mi piel, en la niebla difusa de mis pensamientos, entre la ropa que ya boté o regalé algún día y la comida que no comí por estar llorando mi piedra. Entre todo esto y más busco. Como un químico dopado con su mejor invento busco. No hay hoja, no hay rama, no hay zona del cielo o estrella parpadeante que no me lo recuerde, no hay pausa de aliento en canción que no me lo implique y no hay fotografía que no me atenace el corazón.

Sí, sí, el tiempo tiene también un valor, también pasa. La hora inexorable de las revelaciones avanza.

Y yo con mis malditos puños mojados en llanto y sal, agitando entre temblores el aire…
solo he quedado con una montaña de recuerdos que me avasallan y el dolor de la mariposa que salió de la fuente pero ahora no se parece en nada a la oruga monstruosa que fue antaño.

¿Qué se supone que haga ahora que debo empezar de nuevo a conseguir oídos a los cuales endulzar con las canciones que me hayan gustado, los vinos que haya besado y los labios que haya bebido?

¿Encontraré en este inmenso campo alguien que ame eso? ¿Que lo valore? ¿O seré pasto de perros y ejecutivos?

¿Realmente, estoy obligado a sembrar una vez más, para ver si esta vez las semillas sí paren flores y no…?

¿…realmente, debo?

X, hasta siempre.

Algunos me indican que mejor salga de la casa. Es mejor, dicen. Puedo desenpolvarme el corazón, arreglarme las bujías, soñar ser lo que nunca he sido desde que tengo memoria, realmente:

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L I B R E .

¿Cómo he de nadar dentro de este mar de miedos? Ellos, a los que no les importamos nunca, de eso se alimentan y eso nos venden.  Que nos importan el amor para que lo convirtamos en trueque de prostitución por bisutería, que nos dan los excedentes porque muchos temen abrir los ojos y encontrarse con que la razón real de su dolor no era, al fin y al cabo, el que le causa la guerra, sino el vivir besando escapulario y bala por igual.
Hay muchas razones según todos los poetas que recorren mi púber imaginario para estar deprimidos. Y uno de ellos sintetizaba las cosas diciendo que una mano más una mano no son dos manos, son manos unidas.

Yo te pido que no dejes que el miedo coma ahora de tí, ahora que la luz no se resquebraja potentemente sobre la tierra y las semillas del abedul y el pino retoman lo que el cemento en río arrastró,

y sí unas tu mano a mi mano, nuestras manos, para que el mundo no esté en pocas manos, sino en todas las manos.

Que si otros han de venir con su guerrilla de economía por corazón y excusas por conciencias, tengas el valor que las manos unidas tienen: sentir los callos, las cicatrices, la suavidad, la dureza, mas sentir sentir sentir el amor dentro de los rostros.


Véndeles caro tu amor, tan caro como puedas, para que su derrota sea tan inconmesurablemente incalculable que nunca deseen volver a intentarlo.

Neonato.

Quisiera recordarlo.

Recordar el día en que abrí ese paquete y aprendí poco a poco a comerme estos pasteles.

Qusiera recordarlo para poder arrancarlo de mi memoria.

Hallar dentro de los recovecos y ventanas de mi persona el día en el cual dejé a un lado toda comunidad y conseguí preocuparme.

¡Quisiera hallarlo ahora, al estirar mi mano!

Poder invocar dentro de mí la respuesta que no he encontrado durante
el trazar del arco lunar y el envejecimiento y desaparición de los que vieron nacer a mis padres: ¿por qué?
¿Por qué pasa esto? ¿Por qué no deja de pasar? ¿Por qué nos cuesta tanto como humanos amar, respetar?

Como nota final todos los días he buscado
desde que hallé las palabras adecuadas dentro de mi mar de hormonas
demostrar, conjurar, levantar,
una pared de barro hecha con mis dos manos para romper el muro del miedo
y de la angustia
que como hormigas sube a escalar por mi garganta y decirles suavecito pero con firmeza: por favor, no más. No, no, no escales más, baja y sigue viviendo. Elegí otro cuerpo.

Nunca he… sí, es cierto, jamás he hallado una respuesta satisfactoria a la pregunta: ¿pero por qué, por qué deben pasar tantas cosas que no me tengan a mí en cuenta, a mis manos mi sangre mi voz mi esperma mi abrazo mi sonrisa, y por qué se me exige que transite dando palos de ciego para ser feliz o morir?
¿En qué momento, según los muchos autores, por el hecho de nacer firmé con sello de cera roja y suspiro roto el consentir que otros rompan mi alma? Me duele que no podamos muchos tener el mismo amor y el color que sí tienen unos pocos… ¿eso me hace…malo?

Lo volví ritual, sí, lo admito.
Sentarme frente a la hoja de pixeles y decirme, mentirme, suplicarme: “¡hoy sí, hoy se darán cuenta de que todos los niños y cachorros que llevamos por dentro no paran de llorar… hoy se asomarán a la libertad!”.
Pero no pasa. Viajo como pajarito en helada y mis ojos han aprendido a extractar con cinismo de las letras trocitos de algo, gotitas de posibilidades, nunca comida entera para el corazón frente a las circunstancias.
Dentro de mi se agita un animal grande, un latido sordo de madera en crecimiento que alguna vez me pronosticaron moriría al pasar ciertos abriles, pero sigue imponente, jungla de saberes que me lo dice claramente: esto, no va bien. Estas raíces son de mandrágora y su cuidador es una quimera, ojo te envenenas.
[Animal sabio que se levanta en torbellino cuando le intentan imponer otra ley.]

Comparto como muchos el sueño de un éxito. Pero ahora me pregunto si matarse para conseguirlo según estas reglas vale la pena, cuando me voy a dormir todos los días sabiendo que para muchos ese cielo tiene más ropaje de infierno por el hecho de sentir dentro de sí que nunca lo han de rozar, es rocío de mañana y nada más. ¿Cómo empatas eso, cómo no te aguas de ternura…?

Los monjes antiguos después de un gran entrenamiento bajaban de la montaña a enseñar a hacer la lujuria, sembrar el amor y comer con educación y altivez de niño.
Es mi deseo que puedan bajar muchos de sus montañas de soledad y aislamiento al fútbol, la lujuria que no sabe a nada, las ideas que forman logias, y compartir un poco más de agua y fruta con los que tanto quieren comer, y están en verdad desnutridos sus corazones de tanto pan circense.


ii. Calibración


Espirales.

Veo espirales mientras camino por el apartamento.
La niebla es fría y las calles son mordaces, como son todas las calles mordaces en esta ciudad.

A lo lejos escucho el beso intranquilo de una excavadora. Faltarán unos minutos para que el aire se despierte y pueda morder el placer de caminar y correr, como nuestros antepasados cazadores acompañados de canes y piedras en la mano.

El día transcurre.
El poder solar es un contrapeso en mi corazón de las calles finitas, los edificios anquilosados, la memoria abierta y la revolución eternamente aplazada que se pasea rampante por mi soledad, mientras un sorbo de hoja de coca me anima a despertar y a palpitar, a poner en pulpa y carne viva estas letras mientras otros danzan sin cesar.
¿Tus labios se adelgazan? Los labios se adelgazan, cuenta un sabio inventado entre los paneles de mis neuronas, porque las palabras no pueden beber el aire, y entonces se lo roban, ultrajan, raptan, devoran, a los labios que anteriormente eran sus señores y amos.

Como adolece de calor el corazón frío de Buenos Aires.

La mañana es rara para los de eternas primaveras o eternas brumas -no solo el nacer sin estaciones afecta tu sensación de paso del tiempo sino la misma posibilidad de ciclicidad y posibilidades dentro del mismo-. Los pullovers se adecúan a tu garganta, recorres pasadizos de cuentos escritos para leer en la palidez de la eterna adolescencia y brotan tus hormonas que juraste a un dios olvidadas cada que acaricias una página que no conocías de una ciudad o pisas un pavimento con tus héroes predilectos.

Hay un muro que debo escalar, que cada mañana me adormece.
Ahora, solo ahora,
viene mi sangre purificada noseenqué tetera y mi alma de bolígrafo
a invocar esos amores que no eran amores sino sombras de la china entre los pliegues del número 20 al pasar los años.

Como una maleta solitaria en un rincón,
he sido mudo testigo del desplazarse, el perderse, atiborrarse, extrañarse, someterse al olvido y alumbrar la memoria con el candil prendido del presente.

¿Estaré maldito?

Interrupción de la realidad [parte dos].

Disculpen el atraso de esta actualización…

Agradézcanlo a estos señores:


Una vez aclarado esto… ¡acá vamos!

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Bueno, disculparán el corte con los  anteriores. Mas…

¿por qué en aras de nuestro sentido de seguridad, debemos permitir la invasión de todo aspecto de nuestra vida?

Esta pregunta me la planteo firmemente y con todo la seriedad del tema.
¿Acaso la seguridad no la llevamos por dentro?

Claro, todos *vivimos* bombardeados por la imagen de los todopoderosos Marines, U.S. NavySeals, BlackOps Attackers, Desert Storm Troopers y en el caso de América Latina, su versión tropicalizada con olor a fruta, bigote y miradita perversa e ínfulas de capataz de lechería -por favor, no lo vayan a negar-; cancerberos del bien común que manda más allá del horizonte y la hostia el derecho y deber privado.

En Colombia vivimos un proceso de autocensura muy fuerte, en el cual ya llegamos al punto en el cual si no quieres alinearte en lo conservador, pues te *alinean*. Yo no uso drogas, pero, si tengo el pelo largo, uso pantalones de rayas, escucho a Pablo Milanés y también escucho a Victor Jara y a Björk… que más… soy amigo de homosexuales, lesbianas, negros, pobres… creo que publicar cómics y hacer teatro es necesario para el alma humana…
¿me van a encarcelar? ¿Me van a desaparecer? ¿Deberían hacerme perfil genético para borrar mi descendencia?
¿A quién, realmente, estoy amenazando? ¿Quién es el que se siente amenazado, en el fondo del tanque, quién está buscando excusas?

Oh, bueno.

Un escritor muy famoso de Colombia, llamado Héctor Abad Faciolince -del cual pueden “googlear” su obra y leer trozos de su trabajo y se van a quedar k.o. – hizo una verdadera obra de ARTE sobre la coherencia en el mundo del arte, las drogas, las posturas.
Por favor, léanlo entre líneas y no tengan miedo de comentar. No tomen mi palabra, navéguenlo uds. mism@s.

Esto es extractado de la página web del periódico colombiano http://www.elespectador.com.
Curiosamente, no puedes tener acceso hoy 21-3-08, por ahora, a sus archivos. *suspira* De pronto está escribiendo otra. ¿Quizá…?

Con gran placer, cedo la palabra. (Lo que no entiendan, arriésguense a buscarlo en el mismo periódico)

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Opinión| 14 Mar 2009 – 10:00 pm

hector-abad-faciolince

Columna enmarihuanada

Por: Héctor Abad Faciolince

ACABO DE FUMARME UN PUCHITO de marihuana. Los miles y miles de libros de mi biblioteca, de todos los colores, están bailando conmigo.

Es como si los hubiera leído a todos y me saludan de lejos, moviendo las páginas como viejos amigos. No sé por qué, miro a mi novia y se me parece a Nefertiti; casi nunca la había visto tan bonita. Yo sé que los libros no bailan y que mi novia no es Nefertiti; pero verlos bailar y verla como Nefertiti es una experiencia bonita. Irreal, pero bonita.

Daniel Pacheco, columnista de este periódico que valientemente se declara consumidor de drogas, nos está invitando, antes de que prohíban la dosis personal, a que hagamos una manifestación portando “una dosis de personalidad”. Yo espero poder asistir y pienso llevar una soga. Es la soga con la que podría ahorcarme, pero con la que espero no tenerme que matar. Quiero tenerla a mano, por si me da la gana, nada más. Porque ni Uribe ni Uribito, ni Palacio ni Palacito, me lo pueden impedir.

Prohibir el porte y el consumo personal de marihuana o de cocaína, para que no haya drogados, será tan eficaz como prohibir las cuerdas y el matarratas para que no haya suicidas. Si uno se quiere matar y no encuentra cuerdas, se busca un precipicio o se cuelga de un bejuco. Lo que defendemos quienes defendemos la dosis personal es la libertad. La libertad, incluso, para jodernos la vida, si la vida nos jode y nos la queremos joder.

Hacía años que no me fumaba un porrito de marihuana. Me la consiguió un amigo; empacada al vacío, punto rojo de la Sierra Nevada de Santa Marta. De lo mejor del mundo. En Ámsterdam la venden carísima. Tengo sed; tengo los ojos rojos. Acabo de poner las Variaciones Goldberg, de Bach, tocadas por Glenn Gould. Siempre me ha parecido, estando sobrio, que es una música celestial. Ahora, con el efecto del punto rojo, me parece que he llegado a un paraíso musical superior.

Cojo un viejo libro que me estaba saludando mucho. Es de un autor inglés consumidor de opio. Dice algo muy interesante. Dice que cuando uno consume opio comprende que “lo único real es el dolor”. No voy a probar nunca el opio; no debo. He estudiado y sé que produce una adicción irrefrenable. Si no la produjera, probaría también opio, pero la educación me dice que no lo debo hacer.

No fumo tabaco, por el cáncer. Si Uribe y Uribito prohibieran por completo el cigarrillo, me pararía frente al Palacio (y frente al Palacito) a fumarme un Pielroja, dos Pielrojas, cien Pielrojas. Dice Nefertiti que ella no confía en aquellos que no se toman ni un trago. Algún demonio muy hondo tendrán que ocultar. Si Uribe y Uribito prohibieran el alcohol (con lo que les gusta), me conseguiría una botella de ron de contrabando y me haría encanar.

Cuando prohíban la dosis personal, por la pica, me voy a parar a fumar marihuana en la puerta de la Catedral. Para que me lleven, obligado, donde un policía y donde un psiquiatra. Le mostraré al psiquiatra todos los libros que he leído, todos los libros que he escrito, toda la música que he oído y todos los cuadros que he visto con la percepción exacerbada por la droga. Y si quieren, que me encanen. Si me encanan, llevaré una cuerda. Si me quitan la cuerda, llevaré los cordones de los zapatos. Si me quitan los zapatos, dejaré de respirar. Para qué respirar donde no hay libertad.

Creo que ya se me pasó el efecto. No creo que me haya hecho ningún daño. El que se sienta dañado por mí, que arroje la primera piedra. Adiós, me voy p’al cuarto a dormir con Nefertiti. Bien comprendo la envidia que les da.

· Héctor Abad Faciolince